TICIO ESCOBAR | ¿Quién dice que esto es arte?

Ticio Escobar es curador, profesor, crítico y promotor cultural (autodidacta). Vive en Asunción del Paraguay. La editorial Tinta Limón acaba de editar Aura Latente. Estética/Ética/Política/Técnica, cuatro ensayos donde se pregunta por la pequeña muerte del arte, por el vínculo entre arte y política o por la eficacia de las imágenes en ciertas culturas indígenas. Además de teórico del arte y de haber publicado una veintena de libros fue Director de Cultura de Asunción y Ministro de Cultura de Paraguay en el período en que Fernando Lugo fue Presidente. A continuación dejamos la inspiradora charla que mantuvimos a la sombra de las preguntas y conceptos que atraviesan su pensamiento sobre el arte.


¿Qué es el arte? ¿Quién determina si una obra es arte o no? ¿Toda obra tiembla de reflejos de futuro? ¿En qué momento se puede encender el potencial que alberga una obra dentro suyo? ¿El arte político es no hegemónico? Algunos apuntes quedaron desgrabados abajo. Sino, a escuchar la conversación completa con paradas específicas en el arte disidente, su vínculo con la política, la contingencia y dependencia del sistema del arte del poder financiero.


Contingente. “A mí me interesan las obras que no están concebidas o no están destinadas a ser obras de arte. Por lo general la teoría canónica del arte asegura que la intención del artista es fundamental y que debe cumplir con una serie de principios clave como la proporción, la armonía o la belleza. De pronto, uno se encuentra con obras de arte indígena, o en una manifestación con manifestaciones estéticas, no solamente canciones, consignas o perfomances, sino situaciones rápidas que tienen un nivel poético y expresivo interesante. En muchos casos esas manifestaciones fueron llevadas a bienales o museos. Por ejemplo, las manifestaciones LGBTIQ+ tienen mucho colorido, apelan mucho a la performance, apelan a cuestiones estéticas, aunque no busquen producir una obra de arte. Eso coincide con la crisis del arte como experiencia superior, casi sublime. Yo creo perfectamente en la continuidad de obras que sí promueven una mayor intensidad a la experiencia del mundo, pero el concepto arte se volvió tan laxo -por la pérdida de la autonomía del arte, fundamentalmente, y en segundo lugar por el rapto del sistema del arte por el sistema de mercado- que es muy difícil decir: ‘Esta experiencia contiene características que en sí misma la hacen obra de arte’. El arte hoy es básicamente contingente".


Aura. “Hay momentos en que una obra puede desencadenar un campo magnético perceptivo o un momento aurático de intensificación de la experiencia, y podemos decir: ‘Esto es una obra de arte’. Y en otro momento no. Está sujeto al tiempo y al espacio. Hay situaciones que hoy, bajo el modo COVID de vida, determinan que uno se detenga en cuestiones que hace un año y medio no tenían sentido. Una mascarilla dice hoy una cosa y hace unos años decía otra cosa, tenía otro significado. El arte depende de situaciones de tiempo y de espacio. ¿Entonces qué pasa?, ¿quién determina si una obra es o no arte? Generalmente, la institucionalidad del arte. El sistema de galerías, de museos, de bienales, de crítica de arte, de ferias, de educación de arte y el sistema académico bautizan y refrendan la artisticidad de una obra. El sistema del arte se amolda en cada mercado (hablo del mercado en un sentido amplio, como lógica del capital, del capitalismo financiero, fundamentalmente). Uno podría decir que todo sistema del arte depende de intereses especulativos, de intereses rentables. Pero no es tan así, porque el propio sistema del arte anida fuerzas que son contradictorias. Por un lado, dentro suyo se juegan conceptos y miradas disidentes; y por otro, al gran capital no le interesa matar a la gallina de los huevos de oro, porque el arte tiene un potencial disidente, de crítica que no coincide con los cánones del mercado. Entonces, por una parte, hay una serie de obras que se juegan en los límites de la institucionalidad o fuera de ella, y son activadas o descubiertas en el sistema mismo del arte por gente que le interesa trabajar en la institución de manera crítica, pero dentro de ella".

El arte indígena. "A ellos no se les ocurre que una ceremonia suya pueda ser leída como una experiencia en clave estética fuerte, por más que hay un trasiego de forma o una densidad poética enorme que coincide con las notas que occidente define como obra de arte. Ellos no la ven como tal. Un crítico de afuera (yo mismo) las puede leer así. Las desplaza a otro terreno, las estudia ahí, las considera, las lleva a un museo y las expone ahí. Depende las circunstancias, pero a los indígenas puede resultarles indiferente o puede interesarles porque una exposición en un museo o en una bienal tiene visibilidad política y podría ser interesante para ellos. En una galería podría tener una forma de sobrevivencia digna, aunque la obra no esté aplicada a ese destino comercial. En teoría, ninguna obra está aplicada a ese destino y todas terminan dentro del sistema capitalista entrando dentro del circuito de mercancías. Entonces, es una cuestión compleja. ¿Quién instituye? A mí, personalmente, me parece que lo más interesante del arte contemporáneo sucede en esos límites que despiertan una pregunta: ¿Esto es arte?"

Potencial aurático y contingencia. "Muchas obras pueden hoy tener activado su potencial aurático y un día después no. Muchas obras se volvieron arte después de la caída de las Torres Gemelas, por ejemplo. El avión adquirió otro sentido. Hoy, de pronto, tiene otro sentido porque en un momento [del aislamiento en pandemia] no se veían aviones en el cielo. Las significaciones se desplazan de acuerdo a los tiempos que vivimos y eso hace que sea contingente el ámbito de significación que tienen las obras. Y eso es fundamental en tanto las obras despiertan un sistema de significaciones que no se detiene, que remite a otra y remite a otra sucesivamente. Irradian casi rizomáticamente significados.


- Que la obra pueda activar ese potencial que tiene dentro suyo depende de la contingencia, decís. ¿También depende de la mirada de uno como espectador?


- Totalmente. Ahí entran varias miradas. Por eso tanto Benjamin como Lacan dicen que no solamente uno mira a la obra, sino que la obra le mira a uno, hay un cruce de miradas. Quizás ese sea el momento aurático: existe el juego de miradas y ahí se produce el chispazo, el click. Y en un momento puede no producirse. Entonces, hay una potencialidad, hay una virtualidad aurática en las obras que depende de cómo sean miradas. Por eso para mí el juego de la mirada es fundamental. Yo considero la forma como la configuración de determinadas fuerzas que cuajan ante la mirada. Hay un momento en que la mirada detiene y edita el movimiento y ahí se produce la forma. Y es contingente. Yo la primera vez que vi el Guernica en Nueva York me emocioné, lloré. Después la vi en Madrid, en otro contexto, atrás de un cristal y me dio otra emoción. Y por último la vi en el Museo del Prado y admiro su forma, pero la admiro con frialdad, no me produce esa cosa casi eléctrica. No sé por qué, no digo que no la tenga sino que yo no supe activarla en ese momento. No me miró la obra, no hubo contacto. Yo creo mucho en eso".


Metástasis de las imágenes. “Joan Fontcuberta, en un libro que se llama La Furia de las imágenes, dice que en el mundo post-fotográfico (en el que ya no hay control sobre las imágenes por la metástasis de la imagen digital) el momento creador está en la edición, cuando uno en ese fárrago de imágenes escoge algo, lo atrapa y es como el beso de la Bella Durmiente: despierta el potencial imaginario, lo activa y la pone en circuito. A mí no me parece que haya que absolutizar eso, es un momento. El sistema del arte lo pone en mirada. Por eso es tan importante cómo se presenta el objeto, porque se lo está justamente poniendo a disposición de la mirada para que se produzca ese juego de miradas, esa seducción. En ese sentido, sí creo que la contingencia de una obra no hace que exista una obra encendida todo el tiempo. Si existe es porque ha sido enchufada para que esté resplandeciendo todo el tiempo".


Pequeña muerte del arte. “Para Walter Benjamin el concepto de aura parte de la afectación cultual, no exhibitiva. Cultual se refiere al culto. Viste que existe una puesta estética fuerte en todo mecanismo ritual del culto, que es una cuestión escenográfica y expresiva y tal. Cuando uno se encuentra con un ritual (guaraní o ishir, pero podrían ser muchísimos otros pueblos) hay una potencia tan grande que uno a lo mejor no entiende qué está pasando ahí o qué significa. Hay como una autonomía de la forma que se escapa a los fines objetivos para los cuales fue concebido y resplandece. Hay como un resplandor y uno queda alucinado. Un clima casi de éxtasis se juega ahí y lo que más se le juega a uno es la belleza. Esto es belleza pura, piensa. Esto está ahí y no puede dejar de ser visto como una obra de arte, si entendemos el arte como un juego con las formas, con los sentidos perceptivos, con la mirada, la visualidad, con lo táctil, con lo olfativo. Bueno, esa experiencia es eso, apela a todos los sentidos y sobre todo a una visualidad riquísima, potentísima, casi amenazante. Yo, esto, lo descifro en clave de arte. Y lo mismo pasa en Instagram, vos podés ver imágenes al lado de millones de imágenes intrascendentes, pero que tenga una potencia poética, un momento especial y decir: ‘Esta es una obra’. Lo que pasa es que para mí una obra puede significar desde una experiencia muy potente hasta una pequeña turbación formal que amplía el ámbito de la significación establecida. Yo no creo más en la obra fetiche que sea guauuu, que resplandezca de auras y lo deje a uno congelado. Yo no creo que ese momento del arte se dé en el arte contemporáneo. Por eso yo hablo de la pequeña muerte del arte. Una cuestión más sosegada, una experiencia más conceptual, más ingeniosa, más política en el sentido de que tenga un toque de reflexión, un toque de concepto y ya está. Incluso tienen mayor fuerza que miles de obras grises que son apenas adaptaciones de obras del mainstream que se hacen en galerías, museos o que circulan por el mundo en bienales. Yo pienso que si en una Bienal encuentro cuatro o cinco obras que son inquietantes o perturbadoras, ya está. Más que eso no creo que se pueda alcanzar".


El momento autorreflexivo del arte. “Así lo llamaban los rusos. El arte es una instancia cuestionadora. Puede cuestionar el mundo, una política o lo que fuera. Pero hay un momento en que se cuestiona a sí mismo: yo soy una obra de arte, esto es una obra de arte y significa algo. Y esa pregunta o ese momento irónico (en el sentido no de sarcasmo sino de mirarse desde afuera, uno se desdobla y se mira a sí mismo desde otro lado) es muy interesante, porque finalmente lo que hace el arte en su momento poético es remitir a más de lo que muestra, a su otro, a lo que está más allá de su propio perfil, a lo que no es eso. Esto que estamos viendo no es todo, o esto que estamos viendo puede engañar. Surge una duda. Y quizás podemos decir que el arte es la posibilidad de poner signos de interrogación sobre las cosas. ‘Esto no es un pipa’. Ese momento de hacer dudar de la estabilidad del mundo y hacer que las cosas insinúen vínculos más allá de sí que incluso atentan contra su propia identidad. Los zapatos de Van Gogh son muchísimo más que los zapatos de Van Gogh y ahí está el chiste, sino serían un realismo muy lindo. Pero remiten a un mundo en el sentido de Heiddeger. Un mundo es un ámbito de significaciones y en ese sentido la obra sale de sí y dice: ‘Miren el mundo’.


Política. "El arte generalmente está transgrediendo su propio límite y yo creo que ese es un momento político, en un momento en el cual el mundo del arte está cada vez más tratado de ser raptado por la lógica del capitalismo, de la acumulación, por un régimen sostenido en la lógica del capital. Entonces, yo veo un momento político en un arte que reivindique el momento creativo, el momento pulsional, más allá de su sujeción a la lógica de la mercancía. Cuando trae una crítica a la representación y no que se representen manifestaciones, puños levantados o fusiles. En ese sentido Picasso decía que ser revolucionario en arte no es pintar un fusil, es poder pintar una manzana revolucionariamente. O sea, en la manera de encarar y romper la lógica de la representación establecida es que yo veo ese momento político en el arte, un arte que recusa la transparencia, la conciliación que le exige el mercado".


Ministerio. “Yo creo que las políticas públicas, de Estado, son formales. Es decir, el Estado no crea, no hace arte, no produce cultura, pero está obligado a asegurar un espacio para que la sociedad, la gente, las subjetividades produzcan cultura. Hay una metáfora excesivamente usada: el Estado lo que hace es armar la cancha y poner los réferis; el partido lo juegan los actores sociales. El Estado no crea, sino entraríamos en el primer stalinismo que decía esto es arte y esto no. Yo, como ministro de cultura, nunca me puse a hacer crítica de arte en el sentido de decir esto se hace de esta manera o de otra, yo lo que podía hacer era crear condiciones para que se puedan crear distintas y diversas formas de arte. Es decir, dejar que ocurra eso. El Estado puede regular. Yo creo que el Estado tiene que asegurar condiciones simétricas de producción. Si no tienen apoyo del Estado hay expresiones que son desplazadas por formas que arrasan".