SOFÍA VIOLA | El destino del canto

Este sábado a las 20:00 se presenta en el marco del Ciclo Cantautoras de Café Vinilo. Se puede ver on line, con acceso libre y colaboración voluntaria. Como antesala dejamos esta charla inspiradora en la que habla de su necesidad de partir hacia el desierto del Sahara, la fascinación con la música de Chaad y Niger, el sentimiento de que no encaja, los cambios que experimenta con las nuevas afinaciones y cómo conviven en sus canciones los personajes del conurbano con los llamados de la tierra. Aquí algunos textuales + la entrevista para escuchar.


Foto: @nachosanchez3


Sofía Viola a esta altura del partido ya es una ciudadana del mundo. Hace base en la casa donde vive con su mamá y su hermano en Remedios de Escalada, pero en donde puede se deja llevar por el destino del canto. ¿Qué encuentra en los viajes? La forma de llegar al fondo de las cosas. A la raíz. Se conecta con las personas y las realidades de cada lugar sin mediaciones. No necesita que nadie le diga cómo se vive en Latinoamérica, ella va y lo experimenta. Va como quien acude a un libro para reinventarse. Los personajes, paisajes e historias que después aparecen en sus canciones están -en parte- inspirados en ese conocimiento de primera mano. Me han robado el mar o Manolo (dos puntas del mismo lazo que es su obra) son ejemplos de esto: historias dolorosas que más allá de los ritmos sobre los que cabalgan son cantadas con alegría y corazón.


La alegría es todo un capítulo en su interpretación, en su obra y en nuestra charla. Sea que su canto se deje atravesar por el llanto agónico de la tierra saqueada o se arrope en un tempo de blues y relate la vuelta a casa después de una noche de parranda, su modo es lejos de la oscuridad. “No soy oscurita”, dice, y es cierto: no se escucha oscuridad en sus composiciones, ni en su voz, ni en su intencionalidad en el canto. Pese a todo, el río alegre que corre en las napas subterráneas de su espíritu siempre aflora. Entre el lamento, el barro latinoamericano y la risa sugerida anda su canto.


Actualmente está en San Antonio de Arredondo, en las sierras de Córdoba. No sabe bien cuál es la situación epidemiológica del pago porque hace un mes y medio que no mira ni consume nada de información. Eso que podría ser tomado por desconexión de la realidad es en verdad una conexión de otro tipo, menos expuesta a la hojarasca deprimente de los medios. Allí se instaló hace un mes y medio (como un modo de cuidar a los suyos) y desde allí planea los próximos pasos porque su alma nómade ya pide pista otra vez: “Ando fantaseando mucho con el desierto del Sahara, siento que hay algo ahí que me llama”, contó en conversación con Patologias Culturales. “Para eso me tengo que preparar espiritualmente, culturalmente, porque son otras culturas, entonces no puedo caer como una chica occidental de Buenos Aires a imponerme. Quiero ir a países como Sudán, Argelia o Egipto. Siento que para abrir esos horizontes me tengo que preparar”, explica.


¿Por qué África? “Siempre la música africana ha sido parte de mi paisaje sonoro, siempre la escuchamos en casa y estuvo cerca. Justamente esta zona del norte de África, espejo del Medio Oriente, me llama. Uno siempre está con la búsqueda de raíz y capaz que ahí hay algo que no conozco que tiene que ver con mi raíz. Por ejemplo, yo hace muchos años que uso turbante y no es que lo uso porque es fachero, tiene un propósito hasta de protección. Me han enseñado a colocármelo y me contaban cosas del turbante que yo ya las sentía, yo me sentía más segura con el turbante. La cosmovisión del pueblo africano es muy interesante”.


Nos contó que el estudio de la música de esa parte del mundo le fue provocando una mutación en su voz que está experimentando en tiempo real. “Me están pasando cosas en la voz. Toda esta influencia africana… La música árabe y la música turca están haciendo algo en mí, me están modificando el ADN”, manifiesta pícara entre risas. La voz y la responsabilidad por ese don es otro capítulo de nuestro diálogo: "Lo dijo Atahualpa Yupanqui en El destino del canto: esta antorcha no es mía, es de la tierra que me ha señalado para mi sacrificio y no para mi vanidad. Más allá de lo que yo pueda sentir como individuo ante cualquier adversidad no puedo apartarme de esto”.


Foto: @checa.imagen


Por alguna razón relacionada con la cantidad de música que se edita, a mí se me había pasado la salida de La huella en el cemento, de 2018. Es un disco que salpica y enchastra el aire con ritmos de jazz, caribe, bossa, música del altiplano, blues, flirteos de vodevil o cumbia. ¡Todo lo que trae el combo Viola (y que se puede seguir escuchando en los simples que siguió editando estos años)! Recordé la tarde que nos contó el momento en que en su casa pusieron un disco de Tita Merello y el arrabal de su canto la cautivó para siempre. Eso, sazonado con dosis de Violeta Parra y alaridos a la Janis Joplin conforman un color Viola al que se suma ahorita mismo lo africano. De ese disco también hablamos, pero especialmente de una canción: Manolo.


Decíamos que la encontramos en las sierras cordobesas. Entre mate y mate, con un fueguito al lado y muy predispuesta a conversar arrancamos este viaje que pueden escuchar y leer abajo.


La mutación en la voz. “Todo empezó a través de la música y empecé a incorporar las danzas árabes y egipcias. Siento algo muy orgánico con el cuerpo, como que eso vive en mí. Empecé a estudiar unas danzas con una maestra y todo eso se empezó a meter en mi voz y estoy en una mutación fantástica que tiene que ver con los pueblos gypsy, con lo nómade, con toda esta cultura egipcia que viene en parte de la India y Medio Oriente, y también con el sur de Europa. Yo tengo sangre de allá porque la mayoría de mis antepasados, hay vascos… Entonces, no tengo dudas de que hay alguna cosa orgánica de mi raíz que me pide ir allá. Y musicalmente me atraen cosas del desierto del Sahara, países como Nigger o Chaad. Tuve la suerte de conocer una persona de allá y eso me inquieta mucho: ¿por qué aparece esta persona en el camino y me enseña estas culturas? Es una cosmovisión que tiene que ver mucho con la cosmovisión mapuche, ritos a la Pachamama, siento que es algo muy espiritual lo que me atrae de allá”.


La mutación en la voz II. “Me están pasando cosas en la voz. Toda esta influencia africana… La música árabe y la música turca están haciendo algo en mí, me están modificando el ADN [risas]. Es re loco porque la música folclórica nuestra está atravesada por África: la chacarera, el tango, la milonga y un montón de otros ritmos son afrodescendientes, entonces no es tan raro que yo me quiera ir a África a explorar algo de mi raíz o de la música ¡si todo viene de ahí! Allá mismo está lo afro y está lo que tiene una raíz más oriental, más árabe. Entonces, se mezcla lo indígena con lo afro y lo árabe… Ahí está Sudán. La música de Sudán te vuela la cabeza y todo está mezclado. ‘Esta gente escuchó Led Zeppelin’, pensás. Y seguramente sí”.


No encajes. “Yo no encajo en esta sociedad, siempre me mantuve a un costado adaptándome. Y yo siento que lo mío es re elemental, o sea yo quiero hacer un fueguito, calentarme la pava, hacerme unos mates y tocar la guitarra. No tengo mucho más que hacer [risas]. Es eso”.


El poder del canto. “Yo soy consciente del poder de la palabra, de que la palabra es transformadora en una sociedad. Yo no me puedo apartar en esta vida de esto que elegí. Es una responsabilidad. Lo dijo Atahualpa Yupanqui en El destino del canto: esta antorcha no es mía, es de la tierra que me ha señalado para mi sacrificio y no para mi vanidad. Más allá de lo que yo pueda sentir como individuo ante cualquier adversidad no puedo apartarme de esto”.


El conurbano y la clase obrera. “Yo siento que por más que no me levante a las 6 de la mañana para ir a laburar y no esté apretada en el subte o en el tren, trabajo de una manera fabril. Yo le doy un montón de horas a tocar la guitarra y cantar. Parece re divertido, pero a veces se pone difícil y hay que trabajar y estás ahí horas con un pedazo de canción. Entonces me veo representada en esa gente. Yo busqué en algún momento trabajar de una trabajo normal, pero no duré mucho, duré 15 días”.


La alegría del canto. “¿Sabés que pasa? El canto es alegría, el canto te cura. Estás depresivo, cantás y después de un rato de cantar, por una cuestión vibracional, entrás en un estado. Esto me lo enseñó mi maestra de canto. Igual, yo me río. Estoy triste y al rato estoy cagada de risa, o sea no me identifico mucho con la pena, no soy oscurita, me voy metiendo en la luz, me gusta la alegría, la felicidad. Creo que haber sido un proyecto de mis padres, haber sido deseada y haber nacido en un entorno muy amoroso, eso te cambia un montón como seas en la vida. Siento el amor y la onda que le pusieron mis viejos a mi vida, a mi crianza y a mi nacimiento. Mi casa es un lugar donde todo el mundo se ríe y todos nos reímos igual, o sea mi risa replicada en mi hermano y en mi madre. Y siempre estamos riéndonos. Y yo tengo una complicidad con las canciones, porque dentro mí sé por qué estoy diciendo lo que digo”.