Sara Uribe | Cuerpo y reescritura

Sara Uribe nació en Querétaro en 1978. Es poeta y ensayista. Hace unos años, gracias al poeta chileno Diego Alfaro Palma, llegó a nuestro conocimiento Antígona González, una reescritura de la Antígona de Sófocles en pleno SXXI. Aquí dejamos la conversación Buenos Aires- ciudad de México que tuvimos hace unos días donde habla del nacimiento de este poemario, las estrategias que fue incorporando en su escritura, cómo hacer para recuperar a través de la poesía un cuerpo ausente y de qué se trata la “desapropiación”.

Foto: Alejandro Meter


“¿Qué cosa es el cuerpo cuando alguien lo desprende de nombre, de historia, de apellido?”. Ese verso incrustado en el medio de Antígona González (2012, publicado bajo el concepto de Creative Commons y disponible para su libre descarga ACÁ) es la pregunta fundamental de un poemario escrito a la sombra de la masacre de migrantes de San Fernando, Tamaulipas, y como evocación de todos los cuerpos desaparecidos que aún no fueron encontrados por sus familias. Ya que no hay cuerpo, hablamos del cuerpo para rescatarlo del olvido.


Estamos ante la reescritura, intervención y apropiación de la obra de Sófocles, realizada a pedido de la actriz y directora Sandra Muñoz para ser estrenada en el Espacio Cultural Metropolitano en Tamaulipas.


"No quería ser una Antígona, pero me tocó", se puede leer a poco de empezar la lectura. Antígona González busca a Tadeo y en Tadeo están representados todos los cuerpos asesinados por el narco y enterrados como NN en fosas comunes en México. "Busco entre los muertos el cadaver de mi hermano".


Cuerpos que no aparecen, cuerpos que son buscados, cuerpos que buscan y cuerpos que se paralizan por el miedo y no atinan ni siquiera a dar un paso para saber la verdad. Es un trabajo que en Argentina resuena de modo feroz. Nuestras Antígonas (las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo que se enfrentaron a la maquinaria desaparecedora de la dictadura cívico militar) también saben que la aparición con vida es una exigencia indispensable aún cuando es imposible que se pueda hacer real. De la misma manera, en México se pide que aparezcan los cuerpos y esa búsqueda trama este libro:“Lo más cercano a la felicidad para mí (…) sería que mañana me llamaran para decirme que tu cuerpo apareció”. Que aparezca significa poder enterrarlo para -ahora sí- descansar en paz.


“Toda escritura es un trabajo colectivo. Se trabaja con el lenguaje de otros y, por tanto, el desapropiacionismo tiene que ver con develar esa fuente, develar ese otro autor y no emborronarlo con el apropiacionismo que no da a conocer la fuente de la cual se tomó el texto".

“Fue importantísimo leer testimonios de familiares de desaparecidos. Gracias al trabajo de los y las periodistas mexicanos pude llegar a esos testimonios que me revelaron un par de cosas: por un lado, había en todos un patrón y es que siempre estaban mencionando el cuerpo. Siempre había una alusión a través de la descripción del cabello, qué les gustaba comer, cuál era su complexión física, es decir, siempre había un lenguaje que estaba construyendo ese cuerpo ausente a través del lenguaje. El lenguaje y la memoria se expresaba de manera inconsciente como una manera de traer ese cuerpo de nuevo a casa”, recuerda Sara. “Y por otro lado, pensaba que cuando estas personas hablaban siempre había una entrecortamiento del testimonio. Yo tuve la intuición de que tenían que ir conteniendo el dolor. Era tanto el dolor que se les desbordaba y por eso hacían esas pausas”.


Ese punto de partida sirvió para ir trazando un recorrido donde distintos registros (testimonios, ensayos, estudios y reescrituras de Antígona) están dialogando. ¿Cómo lo sabemos? Porque la poeta, al final del libro, indica de dónde viene cada verso marcado en itálica: de Antígona, una tragedia latinoamericana de Carlos Eduardo Satizábal, de El grito de Antígona de Judith Butler, de La tumba de Antígona de Maria Zambrano, de testimonios reales aparecidos en blogs o notas periodísticas, o del poema Muerte de Harold Pinter. Es decir, que utiliza las voces de los demás para ir enhebrando la propia, pero en vez de apropiársela sin dar cuenta de eso, hace lo contrario: lo dice. A eso llama desapropiación. “Ese es el término que le da Cristina Rivera Garza a lo que otros llaman apropiación, pero con una justa intención de reconocer el trabajo del otro y cómo se mezcla el trabajo del auto con otros trabajos autorales”.


Cuando escribió Antígona González el escrito de Galarza aún no existía. Uribe reconoce que lo hizo un poco por miedo a recibir reprimendas por utilizar citas sin decir la fuente y otro poco por intuición. “Toda escritura es un trabajo colectivo. Se trabaja con el lenguaje de otros y, por tanto, a diferencia del apropiacionismo de principios de siglo estadounidense, el desapropiacionismo que propone Cristina tiene que ver con develar esa fuente, develar ese otro autor y no emborronarlo con el apropiacionismo que no da a conocer la fuente de la cual se tomó el texto. Es una vuelta de tuerca más para trabajar con textos de otros pero revelando esa deuda que se tiene con los otros y volviéndolo un trabajo colectivo, ¿no?”.



Su último poemario se titula Un montón de escritura para nada (2020). Allí sigue profundizando en las voces de los demás, una práctica que también aparecía en Siam (2012). “En este libro indago en las condiciones de escritura de las escritoras en este comienzo del SXXI. Establezco también un diálogo con otras escritoras, otras poetas, otras narradoras, no sólo del canon sino también contemporáneas, justamente para hablar de las condiciones precarias neoliberales en que escribimos las mujeres en el presente. Me parecía necesario entablar ese diálogo con lo que habían dicho otras escritoras mujeres antes. Yo creo que esta estrategia de escritura proseguirá porque es una manera de concebir la literatura y de entender que el lenguaje es un trabajo colectivo”.


-¿En qué se nota esa precariedad?


- Conversaba con una amiga que organiza un festival de poesía, que en algún momento ella quiso invitar equitativamente 50 por ciento hombres y 50 por ciento mujeres. Y me comentaba lo curioso que era que cuando invitaba a un poeta o a un escritor inmediatamente le decía que sí. En cambio, con las escritoras siempre mediaba un ‘déjame ver si me dan permiso en el trabajo’ o ‘déjame ver si alguien me cuida a los hijos’. Esto a mí me revela que hay condiciones estructurales y económicas que restan tiempo a la escritura de las mujeres. Obtener el tiempo para poder escribir es una tarea difícil para muchas escritoras, o conseguir el tiempo para participar de festivales y congresos (que finalmente son instituciones que se convierten en legitimadoras de las carreras literarias). Quien no entra en esa dinámica, asume ciertos desvíos o desventajas. Creo que hay en el sistema ciertas marcas que hace más difícil ese trabajo para las mujeres.


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