ROMINA ZANELLATO | Se hizo la luz

Brilla la luz para ellas. Una historia de las mujeres en el rock argentino 1960-2020 es el nuevo libro de la periodista feminista Romina Zanellatto. ¿Quiénes fueron las pioneras? ¿Cómo fueron narradas? ¿Cómo se fue ampliando la participación de mujeres y disidencias? ¿De qué manera se dio ese relevo de postas que al 2020 termina con la Ley de Cupo Femenino aprobada en el Congreso de la Nación? Se trata de una investigación minuciosa que a la vez que escucha los discos revisa los discursos sobre el rol de la mujer en la música y contrapuntea con los distintos contextos de época. Es un libro ineludible y aquí pueden escuchar la charla completa.



Ya sabemos: el rock argentino se escribe -en gran parte- en y desde Buenos Aires. Y lo narran -con excepciones poderosas- los hombres cis. Al decir rock argentino hablamos de cultura rock: sus discos, sus revistas y fanzines, sus circuitos, sus lugares, sus festivales, sus programas de radio, sus alianzas con el teatro; es decir, todo lo que ese movimiento irradia. Así lo entiende también Romina Zanellato, pero con una salvedad: esa cultura durante décadas marginó de sus relatos centrales la participación de gran cantidad de mujeres y disidencias, entonces había que repensarla, reescribirla.


En el apasionante recorrido que propone Brilla la luz sobre ellas (Editorial Marea) Romina revisa cinco décadas de acumulación de experiencias individuales y colectivas. Si en los 60 las mujeres estaban excluidas de la escena pero incluidas en los relatos como groupies o musas (por ejemplo, Diana Shepherd como musa inspiradora de Miguel Abuelo en Diana Divaga), en los 70 eso empezó a cambiar. Escribe: “Gabriela, la mujer del guitarrista de Almendra, editó un disco en esa década, Gabriela (1972); Carola, la mujer del tecladista de Pescado Rabioso solo pudo editar Damas Negras (1973); María Rosa Yorio, la mujer de Charly García, por aquel entonces en Sui Géneris, solo pudo grabar en el disco de PorSuiGieco (1975); Mirtha Defilpo, la mujer de Litto Nebbia, editó un único disco solista, Canciones para perdedores (1976); y Mónica Campins, la mujer de Gustavo Santaolalla, cantó en el disco de la banda que él conformó después de Arco Iris, Soluna, que sacó un solo disco, Energía natural (1977). En todos los casos se escucha una fuerte impronta de ellos en el sonido. Parece inevitable llegar a esta conclusión: en los 60 las mujeres fueron las musas, las fanáticas, pero no las artistas; en los 70, en cambio, solo pudieron llegar a serlo o a registrarlo en un álbum aquellas que estaban casadas con músicos”.


Lo que se produce es un pasamanos de experiencias que van forzando de a poco los cambios que generan nuevos contextos de época. Imposible no mencionar la importancia de figuras como Esther Soto o La Negra Poli, ambas precursoras en entender que había que generar el propio marco donde inscribir esas singulares prácticas artísticas. Eludirlas sería quitarle espesor a una construcción siempre zigzagueante.


En los 80 se conquista la democracia y el rock empieza a poner el cuerpo como un modo de sacudirse la tensión de la dictadura. Nombres como las Viudas e Hijas de Roque Enroll (toda una declaración de principios) o Sandra y Celeste empiezan a ampliar el espectro de lo que era posible decir. Celeste Carballo, dirá Romina en conversación con Patologías Culturales, “es una de las músicas más importante de esta historia”. Su participación en el programa Imagen de Radio de Juan Alberto Badía, en 1990, es antológica. Habla sin eufemismos de su lesbianismo e invitar a la sociedad argentina a dejar la pacatería a un lado. Lo dice con mucha convicción y casi en soledad, sin ninguna red que la sostuviera. "Que Celeste Carballo se inmole no le hace bien a ella ni a las demás. Siempre la red y lo colectivo es más seguro para todes y eso fue tomando forma y peso político en los últimos años", reflexiona.


Los 90 serán otro paso adelante. Quizás el primer big bang. En medio de la intemperie neoliberal se construyó un espacio propio que fue más allá de lo musical: se celebró la autonomía y se tejieron las primeras alianzas. A menos recursos económicos, más libertad e independencia del mainstream. María Gabriela Epúmer, María Fernanda Aldana, Rosario Bléfari con Suárez o She Devils - cada cual con sus improntas y particularidades, arando sus propios surcos- todas dejaron una impronta indeleble que años después sería tomada como antorcha por las nuevas olas.



La historia que cuenta Romina Zanellato no está pensada como una isla. El rock es una cultura pero es un campo que a sus luchas intestinas las da mirando el afuera. En consecuencia, escribe en diálogo con los contextos feministas que en cada década fueron expandiendo las condiciones de posibilidad de las músicas mujeres, lesbianas, trans, no binaries o disidentes. Escuchas los discos y lee viejas reseñas. Historiza y contrapuntea con una marcha pañuelo verde. Historiza y pregunta por la maternidad en el arte: ¿cómo es ser madre y música al mismo tiempo?, ¿cómo pensar otro modelo de familia en el rock? Historiza y narra la Ley de Cupo. Historiza y cuenta en primera persona (quizás por púnica vez) el cruce de miradas con María Fernanda Aldana durante el juicio en que su hermano Cristian terminó condenado a 22 años de prisión por Abuso sexual gravemente ultrajante y corrupción de menores. No esquiva el filo de la navaja. Con todos los hilos sueltos que fueron quedando como zonas intocadas en el gran relato de la música rock argentina, Romina se decidió a tejer la otra historia. Una historia, dice el título del libro, pero en realidad son cientos. Tan necesaria como poco visitada. 448 páginas que en esta charla no agotamos ni ahí, pero sirve para sobrevolarla y después ir al libro.


Abajo el audio de la charla + algunos textuales.


- "En los feminismos honrábamos a las pioneras en la lucha por el aborto legal (…) pero en la música ni siquiera sabíamos quienes habían sido las primeras rockeras”, se puede leer en el prólogo del libro. Decís que te cayó esa ficha en medio de una acalorada discusión en una pizzería luego de una asamblea. ¿Cuándo empezaste a trabajar en esta historia?


- Esa escena es al finalizar una asamblea por el 8M en 2018 en Chacarita. Muy pronto a eso, Pablo Schanton, que es un faro, un maestro, me invitó a moderar una mesa de músicas de rock junto con él en la Universidad Di Tella. Estaba Juana Molina. Juana Molina habla sobre Gabriela y yo pensé que hablaba de María Gabriela Epúmer. Y me dice: "No, Gabriela". Y yo no sabía quien era Gabriela. Después me di cuenta que la había escuchado nombrar y ahí sentí tanta vergüenza que me di cuenta de que yo hasta ese momento ejercía mi profesión desde la postura ‘soy periodista feminista, todo lo que produzco lo produzco desde la mezcla entre periodismo y activismo’, y en esa mezcla no había tenido en cuenta al periodismo de música que era gran parte del que yo ejercía. No me había dado cuenta cabalmente de que no tenía completa noción de la historia de las mujeres en el rock y cuando me di cuenta de eso sentí que era muy irresponsable, me puse a buscar en los libros de rock nacional y encontré algunas cosas de Gabriela, la escuché, enloquecí y de a poco empecé a completar esa línea de tiempo. Y me di cuenta que en los libros no estaban las mujeres en absoluto.


Rock y feminismos. "Diana Bellesi fue una de las primeras que ejerció el periodismo de rock porque publicó en Mordisco y Expreso Imaginario. Ella había estado en EEUU y había tenido contacto con el feminismo de los 70 que era muy importante y bullicioso, y había conocido al movimiento de identidad política de lesbianas y feminista y los reclamos que tenían con el feminismo blanco. Ella se empapó de eso y volvió. Yo le preguntaba por qué en los 70 muchas de estas mujeres no decían la palabra feminismo, y ella me decía que era una mala palabra, una palabra que significaba la separación, la segregación con los varones, en una época donde reinaba el hipismo y querían la paz y la comunión. Pensaban que el feminismo quería romper la comunión con el varón, no la opresión del varón. Y hay muchas de ellas que yo sé que son feministas pero no podían nombrarse a sí mismas como tales. Ese es el caso de Mirtha Defilpo, una de las primeras músicas en esta historia. El feminismo estaba ahí pero en piloto. En los 70 los feminismos estaban más en espacios académicos y había dictadura, o sea que los discursos no circulaban de manera libre ni era fácil acceder a ellos. Era muy clandestino. Todo cambia una vez que vuelve la democracia”.


Esther Soto. "Mientras escribía esta historia pensaba: ¡Como me hubiera gustado sentarme a tomar unos mates con esta mujer!”.


Peperina y el aleccionamiento de Charly García. “Siempre me genera dolor contar esto porque Charly es uno de mis músicos preferidos. Y encima esta canción y este disco es de lo más bello que se ha escrito en este país. Patricia Perea era la corresponsal del Expreso Imaginario en Cordoba y cuando Serú Girán va a presentar el show Patricia escribió una reseña del concierto muy dura. Era otro periodismo de rock el que se escribía en ese momento, las reseñas eran muy opinadas. Era lo habitual. Si ves una Expreso o una Pelo se puede leer un tipo de nota muy distinta a la que se lee ahora. Y Patricia escribió un reseña muy dura, que Charly estaba más enfocado en el personaje que en afinar, que le interesaba más el feedback con la gente que tocar sus canciones. Ella sintió que él había ingresado en la maquinaria de la industria y había perdido contacto con el arte. Charly se lo tomó como el orto. Hizo esta canción y cuando la presenta cuenta la historial y dice que estaba escrita para una chica que no pudo entrar a su camarín, a su cama. Eso lo repitió en varias oportunidades y le causó un estigma muy grande. Para ella fue una actitud aleccionadora, no se podía criticarlo. Igual ella siguió haciéndole notas porque se conocían de antes. Falleció hace un par de años. No pudo seguir trabajando como periodista porque le pesó mucho eso. Después apareció la película donde se reforzó la idea de que ella había sido una canalla y una resentida. Me parece un antecedente importante para tener en cuenta. Y doloroso".


Redes y colectivas. “Después de la explosión de los 80, los mercados se dieron cuenta de que el rock era una mina de oro, un negocio millonario. A partir de ahí empezaron a invertir y a impulsar las bandas que les interesaban a las grandes corporaciones. No nos olvidemos que en los 90 está el rock chabón al palo, donde no había ninguna mujer. Las mujeres y las disidencias se repliegan en el under y pudieron hacer todo el trayecto de su vida productiva de manera autogestiva. Esa organización y esa red quedó muy en evidencia en los últimos años donde descubrimos que hay muchas mujeres que se pasaron su vida tejiendo redes en el subsuelo de los grandes mercados, que se puede vivir así y que se puede generar obra de esa manera. Los grandes sacrificios que hicieron algunos nombres individuales... eso es de lo más interesante que pasa a partir de Ni una menos y la marea verde: entender que desde todos los puntos de vista tenemos que organizarnos y pensar colectivamente. Que Celeste Carballo se inmole no le hace bien a ella ni a las demás. Siempre la red y lo colectivo es más seguro para todes y eso fue tomando forma y peso político en los últimos años. Ahí apareció el reclamo por la ley de cupo. En principio es reconocerse. Eso fue lo más importante que se logró, que había un montón de mujeres en la misma, que les costaba llegar a los festivales, que los medios les dieran bola, que las únicas que le daban bola eran otras mujeres a lo largo y ancho del país. Primero se reconocieron, después se empezaron a organizar y dijeron: requerimos de los mismos derechos y oportunidades que los varones”.


María Fernanda Aldana. “Nadie es bueno y nadie es malo del todo. Lo que nos pasa en general son sentimientos muy contradictorios. Eso me pasa con María Fernanda. Cuando yo crecí ella era una referenta indiscutida. Yo no era público de El Otro Yo. Yo soy neuquina y miraba para los costados y había 4 millones de mini María Fernandas alrededor mío. Era alguien que todas aspiraban a ser y fue muy importante para una generación de mujeres y público. Yo no quería contar esta historia sin darle el merecido crédito por esto. Y también [contar] todo lo que significó el caso de su hermano para la historia de las mujeres en el rock. Quería ser clara con el lector o lectora. Yo cubrí todo ese juicio y cubrirlo significó un montón para mí. Todo lo que escuché y viví fue muy fuerte. Es muy fácil hablar de los 70 o los 80 sin haberlo vivido, pero esto lo viví en carne propia. Yo intenté ser justa, o sea darle el crédito por haber sido una inspiración muy grande y al mismo tiempo quería que el lector tuviera las herramientas para evaluar lo que estaba contando. Fue muy difícil escribir esas partes. Soñe durante mucho tiempo con eso".