PEDRO ROTH | El arte en cualquier lugar

En el corazón de Buenos Aires hay un supermercado chino que entre paquetes de polenta, latas de conserva, verduras, jabón en polvo y botellas de Coca Cola tiene expuestas obras de arte de Pedro Roth y Roberto Plate, y fotografías de Damián Roth. La muestra se llama Esencial. Hablamos con el artista Pedro Roth, ideólogo y protagonista, para quien el arte -como la comida- es un producto de primera necesidad y por lo tanto debe circular por los lugares por los que camina el popolo. Aquí la escuchan y leer.


Foto: Damián Roth


A sus 82 años, Pedro Roth despliega una mirada del mundo en la que el arte tiene la llave de la salvación. “El arte es el último refugio que le queda a la espiritualidad”, sentencia. Será por eso que desde septiembre (y en principio durante un mes más) decidió exponer y vender sus cuadros en un lugar tan atípico como cotidiano: el supermercado chino Sol Oriente situado en Lavalleja 1386 que coadministra su hijo Damián. “Las góndolas del supermercado te llevan a otro lado -dice entre risas. Ya que no podemos viajar a Venecia a visitar la Bienal en góndola, acá podemos visitar la cultura en góndola”.


Pedro Roth es artista, fotógrafo, coleccionista, escritor, cineasta y activista. Como escribió Andrés Duprat en el texto que acompaña la muestra, estamos ante “un hombre multifacético e inclasificable”. Nació en Hungría y la huida del nazismo lo hizo recalar junto a sus padres en Buenos Aires. Parte fundamental del arte argentino, en los 60 integró la agrupación “under del under” Cruz del Sur y más acá fue una de las puntas del colectivo Estrella del Oriente (como al pasar digo: no debieran perderse la película La ballena va llena, co-dirigida junto a Marcelo Céspedes, donde se puede apreciar qué tan lejos puede llegar una idea artística si la dejan volar. Está disponible en el canal de YouTube de Pedro).


La historia cuenta que el comienzo del ASPO lo encontró conviviendo con su amigo Roberto Plate. “Se estaba aburriendo como una ostra y lo invitamos a vivir a casa hasta que pudiera volver a Francia”, relata Pedro en conversación con Patologías Culturales. Y así surgió la idea de mostrar sus obras y las fotografías de Damián, como un modo de “llevar la magia de la época de las cavernas al supermercado”.


Para Pedro el arte es un acontecimiento cotidiano y Esencial hace honor a una trayectoria que valora estar en los márgenes, a pesar de haber caminado con un pie adentro y otro afuera del sistema del arte. “Todos me decían: ‘A vos los norteamericanos no te compran’. Y yo digo: ‘Yo me ofrecí, pero nadie me quería’”.


En esta entrevista realizada por webcam intentamos hablar de la muestra, pero por suerte su discurso (y su memoria) rebalsan toda pregunta. Ni falta que hizo avisarle que empezábamos a grabar. “Yo funciono en continuado, como las viejas películas”, advierte, borrando el límite aparente que habría entre una conversación privada y una pública. Para artistas de su calibre no hay diferencia entre lo que dice en on y lo que dice en off. Habita una especie de estado artístico que se puede percibir en cada pensamiento y en cada conversación. “Señoras y señores, la cultura no cierra nunca”, afirma.


Aquí la charla para escuchar y algunos textuales para leer.


Computadoras. “Soy un discapacitado digital. Si a las computadoras las pensamos como herramientas y no como dioses, es fantástico. De la misma manera que si al mercado, en vez de pensarlo como religión lo pensamos como mercado, uno lo puede usar o no usar. Pero usamos mercado como metáfora de otra cosa. Hablamos del comportamiento del mercado como si no fuésemos nosotros los que lo hacemos. Lo mismo la computadora, si la computadora se usa como un martillo es fantástico, pero si se usa como religión no estoy de acuerdo. Las religiones de antes tenían más poesía y a esta nueva religión, a estos nuevos creyentes, les falta poesía”.

Cuenta regresiva. “A Fritz Lang, el famoso director de cine que hizo Metrópolis, lo mandaron a hacer un documental al lugar donde se hicieron los cohetes lanzados de a dos. ‘¿Cómo lanzan los cohetes?’, pregunta a los técnicos que lanzan cohetes. ‘Apretamos un botón’. ‘Pero a eso le falta dramaticidad’, les dijo, e inventó la cuenta regresiva. La inventó un artista, no un científico. Poetizó el hecho de lanzar un cohete y hoy no concebimos lanzar un cohete sin la cuenta regresiva. Tiene una tensión que hace interesante la idea de apretar un botón”.

Libertad. “Ser artista es expresar la libertad, no el libertinaje. A veces parezco un viejo de mierda, pero yo trato de transmitir lo que hago. Parecen dibujitos porque utilizo eso como una catapulta para seguir pensado. Es como un dibujo que uno hace mientras habla por teléfono. Yo me la paso dibujando y eso me ayuda a seguir pensando”.

Modelo yanqui vs modelo francés. “Todas las expresiones colectivas de cultura fueron borradas del modelo norteamericano. El modelo francés es el del humanismo burgués que parte de tres consignas: libertad, igualdad y fraternidad. En cambio, el norteamericano es uno solo: libertad. ‘Liberty’, dice su bandera. Y uno puede ser libre solo, pero no puede ser igual solo ni fraterno solo, porque tiene que haber otra gente. En cambio, libre puedo serlo solo y no necesito del otro. Es muy linda la consigna de la Revolución Francesa. Todas las películas norteamericanas son cuentos individuales, no hay epopeyas colectivas. Tanto creo en esto que yo trabajo con mis hijos. Mis hijos son parte de la pyme que soy yo. Yo creo que todo artista es una pyme. Como no da dinero inmediato, los políticos no ven interesante a la cultura. La consideran un gasto, no una inversión”.

La magia de las cavernas. “¿Qué hice yo? Volver a llevar la magia de la época de las cavernas al supermercado. Antes había que dibujar el bisonte, sino no había cacería posible. El chamán era un mago que hacía aparecer la cacería (…) De alguna manera el que comprendió esto fue Andy Warhol con las sopas Campbell. El tipo hizo aparecer la comida en el arte”.

Valor simbólico. “Algunos defienden esta cultura que globaliza a martillazos. Alguien decía: ‘Un idioma es un dialecto con un ejército’ [NdR: es un aforismo cuyo origen se atribuye a Max Weinreich]. Es un poco eso lo que nos están imponiendo con seis horas por día de televisión norteamericana, porque la tercera industria de EEUU es el show bussines. No lo manejan los artistas, lo manejan los banqueros. Todos queremos tener el Oscar y queremos participar, pero nosotros valemos 142 veces menos que los norteamericanos. Ellos tienen un dólar que vale eso. Es tan brutalmente realista eso que nos quitaron el valor simbólico de nuestra cultura. Nosotros aceptamos los 30 mil desaparecidos porque ‘por algo será’ y para poder lograr eso nos quitaron el valor simbólico de todo lo que nosotros fuimos construyendo despacito, por ejemplo, una pequeña burguesía nacional. Sin la nevada que significó Onganía no hubiéramos aceptado la avalancha de los 30 mil desaparecidos. Las prohibiciones de Onganía hoy día nos parecen un chiste o una boludez, parecen anécdotas que despiertan una especie de sonrisa: ‘Éramos jóvenes, nos cortaron el pelo pero vuelve a crecer’. Todo esto que te vengo contando desde que empezamos está en ese supermercado”.


- Sos un tipo de artista que se mantuvo lejos de los dictados del sistema o de las usinas legitimadoras. ¿En qué momento te diste cuenta que tenías que correrte de esos grandes lineamientos?


- Fue azaroso. Todos me decían: ‘A vos los norteamericanos no te compran’. Y yo digo: ‘Yo me ofrecí, pero nadie me quería’. Yo le presentó a Ruth Benzacar a Berni, a Juan Carlos Castagnino. Yo la meloneé años para que entendiera lo que era el arte contemporáneo. Mi primera muestra me la prologó Charlie Espartaco, un crítico de arte que terminó contratado por [Federico] Klemm para hacer El Banquete Telemático, que para mí fue una obra maestra del humor en el arte argentino. Él era como el crítico de la Fundación Klemm y él prologó mi muestra porque éramos como el dulce montón. Federico Peralta Ramos intuyó la sociedad líquida de [Zygmunt] Bauman, pero como todo el mundo lo consideraba un loquito a nadie le importaba. Él lo inventó en el año 62. Lo llamaba la albóndiga psíquica, que era todo eso que antes eran géneros y de golpe se volvió una albóndiga donde estaba todo mezclado. Bauman lo dijo más elegantemente. Nosotros vivíamos en la albóndiga psíquica. Nos reuníamos en la Galería del Este y venía Berni, que no hablaba con nosotros. Borges pasaba desde su casa en frente de la calle Maipú.


-Entonces, ¿en el recorrido de un artista su cosmovisión está hecha a partir de los lugares que uno ocupa azarosamente? Porque vos me decías que quedaste un poco al costado y así se empezó a formar una mirada del mundo.


-Sí señor. Nosotros hacíamos muestras en lugares no tradicionales. También porque todo el tiempo quedábamos al margen. Abríamos una puerta y la gente entraba por ahí y nos sobrepasaba. Y entraban al centro y nos dejaban de costado, no nos consideraban.

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