Pablo Rovito: el derecho a la cultura

Con el macrismo en retirada, es necesario empezar a pensar a fondo qué políticas públicas se necesitan en los años por venir para reconstruir el campo cultural. En esta charla, Pablo Rovito despliega su mirada a partir de un diagnóstico que integra las condiciones en que se desarrolla y se exhiben las películas, los cambios tecnológicos y los destinatarios de esas políticas. “En estos años no solo han degradado el Ministerio de Cultura a Secretaría, han roto los resortes internos del Estado. Hay mucho para recomponer”, nos dijo.



Los cuatro años de Mauricio Macri dejan tierra arrasada en las más diversas áreas y ministerios. Su programa neoliberal redujo la participación del Estado en sectores clave y el cultural no fue la excepción. La Secretaría de Cultura (ex Ministerio) no sólo disminuyó las políticas de fomento (lo que constituye una política en sí mismo) sino que además miró de brazos cruzados cómo la dolarización de tarifas o la reducción del consumo golpeó de lleno en el trabajo, la producción y sostenimientos de proyectos culturales (grandes, medianos y pequeños).


Pablo Rovito es un hombre de la industria del cine con una larga trayectoria dentro del sector. Actualmente dirige la Licenciatura en Arte Visuales en la Universidad de Avellaneda. Hablamos con él para realizar un diagnóstico de la situación que nos permita avanzar en un nuevo diseño de políticas públicas y así comenzar a resolver los problemas coyunturales y de fondo.


¿Por dónde empezar? Primero habría que recordar que una política pública no consiste nada más que en el fomento de un determinado sector, sino en garantizar el derecho que tiene cualquier ciudadano a la cultura (consagrado en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, sancionado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1966). Es decir, una política que piense al pueblo como su destinatario. “Siempre el sujeto de derecho es el ciudadano y no el sector. Cuando identificás eso claramente es más fácil pensar la política, sino empezás torcido”, aclara Rovito. “La globalización produjo una uniformización de los contenidos y en las industrias culturales eso mata la diversidad. La gente que hace cine te va a decir: ‘Yo tengo derecho a hacer cine’. Pero vos, que no hacés cine, también tenés derecho a hacerlo. Hay que pensar una política cultural para que todos tengan derecho a hacer cine”.


Conocedor de la industria desde adentro, Rovito formó parte de las discusiones que derivaron en la Ley del Cine en 1994, lo que da cierta perspectiva histórica a la hora de (re)pensar temas puntuales como la competitividad: “Nos han dicho que nuestro cine no es competitivo y es mentira, lo que no es competitivo es nuestro mercado”, reflexiona. “Eso es así en casi todos los países del mundo, excepto en China, India o Estados Unidos, que tiene el mundo como mercado. Después de ahí, todo país que tiene cine tiene una política de fomento: Alemania, Inglaterra, Italia, Francia, todos. Si no fuese así, el cine no existe. Dicho esto, cualquier película que existe lo hace con una intervención del Estado”.

Fotografía: Lucio Dodero


El modelo de fomento adoptado por el cine argentino viene adaptado de Francia (los famosos impuestos de asignación específica). El Fondo que administra el INCAA se conforma con un 10 % de lo que se recauda en entradas al cine, un 10 % de lo que ingresa por la de venta de videogramas (alquiler de películas) y un 25 % de lo que embolsa el ENACOM de los servicios de exhibición como el cable, tv abierta, etc.


"Todo país que tiene cine tiene una política de fomento: Alemania, Inglaterra, Italia, Francia, todos. Si no fuese así, el cine no existe".

Dado que cada vez más se producen contenidos para ser vistos y consumidos en el ámbito de lo privado (nuestra casa), gravar las plataformas por donde circulan se vuelve vital. ¿Por qué, entonces, no tributan aún? “Son espacios de exhibición, pero no tributan por otros motivos”, explica Rovito, que además propone legislar los algoritmos que hacen aparecer las sugerencias al terminar de ver una serie o una película. “Eso está programado por alguien. Esa programación hace que vos veas determinadas cosas y otras no. Esos algoritmos se trabajan. Vos te metés en Netflix y te dice: ‘Porque viste esto, te sugiero esto’. No hay un japonés adentro, hay un algoritmo desarrollado que a medida que vos ves cosas te tira otras. Hay algunos que han dicho que un 30 por ciento de esas sugerencias debe ser cine de nuestro país. Si aparece en la sugerencia va a haber más consumo, si no aparece no lo vas a ver. Entonces, sobre ese algoritmo se puede legislar, lo complejo es que son compañías transnacionales. Francia se metió a legislar y Netflix dijo: ‘Nos vamos de Francia’. Ahora, si todos nos ponemos de acuerdo, no se va tan fácil”.




Preservación. Otro tema crucial en la vida y la identidad de un país son sus políticas de preservación del acervo cultural. “Cuando hablamos del cine decimos que si uno no se reconoce, no ve su propia cultura, no escucha su propia lengua y no ve su propia historia se produce un proceso de aculturación y de pérdida de la memoria de un pueblo. Bueno, si querés mantener la memoria de un pueblo no sólo tenés que hacer películas y verlas, tenés que sostenerla. La política de preservación debería ser central en una política audiovisual y no lo es”.


Y clarifica: “La gente cree que cuando hablamos de conservación patrimonial estamos hablando de que ya no se puede ver el cine mudo del 1900. Lo que te digo es que la mayor cantidad de cine que se perdió es precisamente el cine que surge con el recambio tecnológico entre 2000 y 2015, que es cuando se empieza a estabilizar cierto sistema de producción”.

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