MACARENA TRIGO | Lejos de la capital



Macarena Trigo nació en Madrid, pero vivió en Valladolid. Es poeta, actriz, directora y dramaturga. Tiene una vasta producción de obras y poemarios que no vi ni leí. Podríamos decir que empezamos mal pisados, pero no. Administra también el blog Me cago en la bohemia en el que escribió y comentó muchísimas obras de teatro que fueron parte de su formación. Recapitulando, podríamos decir que nació en España pero eligió Buenos Aires como su ciudad. Conoció el teatro independiente porteño en agosto de 2002, apenas unos meses después del crack argentino, y le cambió la vida. “Fue absolutamente revelador -recuerda. Había conocido en ese momento a un chico y como el quilombo de 2001 impidió que el viajara para España, me vine yo un mes. No tenía ni idea de lo que iba a vivir. Vi el mejor teatro independiente que había visto en mi vida, aunque ni siquiera le llamaba independiente, era teatro. Hecho en un patio, en un galpón, todo a la gorra, con un guiso de lentejas en la mano. Me partieron la cabeza, llegaba a ver dos o tres funciones por noche”.


Lo dice y es como si estuviera viviéndolo otra vez. Pero ahora está instalada en Pigüé, una ciudad a 580 kilómetros de Buenos Aires en la que encontró un refugio contra pandemia. “Fue un año durísimo y no me podía imaginar otro año sin teatro. Sobre todo, no poder ir a las funciones. Si algo he hecho yo en 16 años en Buenos Aires fue ver teatro. Accidentalmente produje obras, escribí y actué [risas], pero antes que todo fui público. Eso también fue algo que la pandemia cortó totalmente. Fue un duelo muy duro que siento aún muy activo”.


"En estos momentos tener fe en la poesía y el teatro no es optimista, es de locos [risas]. No es de optimistas sino de chiflados. Nosotros estamos locos y es la única manera de enfrentar al mundo hoy día si estás un poco corrido de lo que implica la absoluta crueldad y el altísimo nivel de violencia en que estamos todos todo el tiempo”.

Este crack mundial produjo infinitos cracks en el cuerpo y alma de cada habitante de la tierra. En el caso de Macarena, Buenos Aires pasó de ser la ciudad elegida - aquella a la que le debe la poeta y la actriz, nos dirá- a una totalmente desconocida que le dio la espalda y la puso, como a tantxs otrxs trabajdorxs de la cultura, en una situación límite. Inesperadamente o no, los talleres por Zoom fueron una tabla de salvación (también económica). “En esta pandemia no dejo de desear que todo se vaya al carajo. Y como el carajo no terminaba de llegar, los encuentros en Zoom suponían la esperanza de que algo se podía mantener”, empieza diciendo. ¿Algo de qué? “Algo de sentido, que es lo único que le pedíamos al encuentro o a la actividad. Pese a todo el pesimismo, termino agarrándome a la única luz que conozco, a lo que sé hacer. En estos momentos tener fe en la poesía y el teatro no es optimista, es de locos [risas]. No es de optimistas sino de chiflados. Nosotros estamos locos y es la única manera de enfrentar al mundo hoy día si estás un poco corrido de lo que implica la absoluta crueldad y el altísimo nivel de violencia en que estamos todos todo el tiempo”.


En medio de reuniones y talleres virtuales los diálogos con Mario Lois y Mónica Occhipinti de El Refugio Teatro en Pigué fueron decisivos para animarse a salir de CABA. Macarena ya había estado aquí (porque desde aquí estamos escribiendo) y sabía lo que podía esperar. Empezó a rumiar lo que sería una nueva reinvención. Apenas supo que se levantaron los retenes en noviembre de 2020 partió rauda y encontró una realidad menos violenta. Acá en Pigüé se hace teatro (con protocolos), acá se camina sin horizonte, acá se sienta en un banquito en la estación de tren y disfruta del silencio, acá se gasta menos y se puede seguir desarrollando el trabajo acumulado por Zoom + presencialidad + proyectos de residencia. No es poco. Lo que le espera acá es también -quien sabe- más arriesgado: un cambio de ritmo y de percepción, tragarse el paisaje y llevarlo adentro para ver cómo sabe. “Nunca me lo hubiera imaginado en mi vida, jamás”, se sincera y agrega: “Perdí la cuenta de las veces que me reinventé”.


En la charla que dejamos abajo van encontrarse con una artista que escribe a partir de la herida. “Tanto en la literatura como en el teatro yo considero que trabajo alrededor de la herida, de mi herida. A veces se consiguen resultados y a veces no tanto, pero siempre es un terreno interesante, siempre hay algo ahí que es lo bastante incómodo, lo bastante profundo como para que ese esfuerzo valga la pena”.


Hablamos también de poesía | ¿qué es ser poeta? | la importancia de La omisión de la familia Coleman en su vida | por qué desea que todo se vaya al carajo | las certezas y el wifi.


Posfacio. Casi por accidente nos encontramos aquí en Pigüé y al saber que ella estaba viviendo desde hace cuatro meses la invitamos una tarde a conversar, mate individual mediante. La escenografía no podía estar más alejada de nuestro cotidiano porteño: mucho verde, alambrados, animales, teros que insisten en meter bocado entre lo que hablamos. Llegó caminando una tarde de lluvia, esquivando charcos y ovejas. A los diez minutos era como si hubiésemos compartido algún largo proceso de obra y después de un tiempo nos volviéramos a encontrar. La aldea artística es tan grande como un pueblo de provincia y cuando empezamos a conectar nombres tejimos una telaraña de contactos en común en dos minutos que nos hizo sentir parte de la misma tribu. ¿Esas cosas se acentúan más a la distancia, con la lejanía? Es posible. Decía más arriba que es una de las pocas conversaciones que tuve al aire con alguien de quien no sabía casi nada. No la leí, no vi sus obras, apenas vi La omisión de la familia Coleman hace muchísimos años (obra de la que es asistente de dirección). Resultó bien, aunque no es lo habitual. Empiezo a leerla ahora que me regaló algunos libros de poesía y una obra corta. Ya puedo imaginar que la charla hubiera sido bien distinta. Pero a veces alcanza con llegar con una sola pregunta e insistir ahí: ¿qué hace en Pigüé ella, que no idealiza la vida rural, masticó todo el asfalto del mundo y camina por la 9 de julio tan relajada como si estuviese a la orilla del mar?


La respuesta quizá estaba germinando en su obra (ahora que sí la empecé a leer):


¿Qué hace que la obra de otros sea una puerta giratoria hacia nosotros mismos? Un viaje de ida hacia lugares tan insólitos como recordados. Un libro, una canción, una fotografía o un cuadro donde nuestra atención se detiene y expande. Obras que marcan un antes y un después inesperado pasan a ser parte de nuestra biografía. No siempre estamos en condiciones de explicar la experiencia. Queremos entender más y mejor guiados por el deseo de convertir en certeza una intuición. Buscamos un puñado de frases donde la magia se traduzca.


[De Rabia y Relojería, 2017]