LARREA | Larradio



Héctor Ricardo Larrea y la radio estuvieron unidos desde el comienzo. Nació un 30 de octubre de 1938 en la ciudad bonaerense de Bragado, el mismo día en que Orson Welles desde la Columbia Broadcasting System en Nueva York inoculó el pánico en parte de su audiencia al anunciar en un capítulo de ficción la llegada de una invasión desde Marte. Larrea y la radio unidos por un cordón umbilical transoceánico. Quién supo conectar estos dos acontecimientos es Martín Giménez -autor de Héctor Larrea. Una vida en la radio (Gourmet Musical), un libro en el que logra armar un mapa que recorre la vida de Héctor y que para quienes hacemos radio despierta un interés especial.


Si John Lennon cantaba que la vida es eso que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes, Larrea reformula y dice: “Mi vida -tal vez desgraciadamente- es un espacio entre programa y programa. Todo lo que veo lo metabolizo para ver de qué manera se lo puedo contar a la audiencia”. Y se nota.


Su nave insignia fue Rapidísimo. Comenzó en 1969 de 9:30 a 10:00 en Radio El Mundo. Treinta minutos no era el tiempo que esperaba tener, por eso había que hacer todo rapidísimo. “Él quería hacer un programa de radio para pasar la música que él escuchaba y que se difunda", nos dijo Martín Giménez en diálogo con Patologías Culturales. "Siempre trató al oyente con mucho respeto. Siempre se preocupó por elevar la vara, por no hacer una radio indignada, sino hacer una radio de compañía con buena música y texto. Una radio absolutamente pensada. Parece que está todo improvisado en la forma de hacer radio de Larrea, pero no hay nada improvisado, está todo absolutamente pensado”.


Con los años el programa se amplió en tiempo y espacio, atravesó las décadas, se asentó como el sonido de las cocinas y las fábricas de nuestro país. ¿A quién le hablaba Larrea? “Sos la cocina de mi vieja en Fiorito”, le dijo Maradona. “Los que me siguen siempre han sido los trabajadores de overol”, reconocía. ¿Por qué hacía radio a los gritos (¡gritos afinados!)? Martín lo explica a partir de esta anécdota: “Él entra a un taller mecánico con su auto y el mecánico empieza a martillar y martillar. Estaban escuchando El Show del Minuto con Hugo Guerrero Marthineitz y los golpes tapaban la radio, y él decía: ‘Pará, pará, subí la radio que quiero escuchar’. Y ahí se dio cuenta de que tenía que hablar fuerte porque su programa se iba a escuchar en las fábricas, las costureras, los taxistas. De ahí viene el tono fuerte. Fijate que piola y que inteligente tener bien en claro a quién le hablaba. Como hacía Favio, que subía el volumen de sus películas porque sabía que sus películas se iban a ver en pequeños pueblos que a lo mejor no tenían el mejor sonido”.


Oído atento, para Larrea radio y música eran sinónimos, y el guión como un pentagrama. Fue un director de orquesta más que un conductor. Administraba los sonidos, los ritmos, los tonos de un programa de radio. “La radio es sonido y tiene que escucharse como una orquesta. No pueden salir al aire sonidos destemplados. Cuando se enciende la luz roja hay que salir afinado”, repite como mantra. No en vano siempre tuvo un lugar privilegiado para la música en sus programas, especialmente para el tango, género que vuelve a instalar cuando “una generación de oyentes no lo conocía”.


El trabajo de Giménez -que además es Gerente Artístico de Radio Nacional y que estuvo muy cerca de Héctor los últimos años- supo encontrarse con escollos porque no hay material de archivo de casi nada. La ausencia de política de preservación de nuestro patrimonio cultural también se siente al embarcarse en empresas como esta. Y Larrea no colaboraba: “A veces me preguntan por qué no guardo un archivo con los momentos irrepetibles que me tocó vivir, y no lo hago porque la radio es aire. Cada instante se va, es efímero. Me gusta que así sea. Retener esas exhalaciones misteriosas a través de fotos o grabaciones me parece innecesario. Y un gasto enorme de energía que prefiero volcar en la producción de cada momento”. Lindo.



Héctor Larrea. Una vida en la radio se puede leer también como una historia de la industria del entretenimiento en Argentina. Años donde había un círculo virtuoso entre mercado-medios de comunicación masiva y formas culturales. El del autor es un movimiento consciente. “Voy contando de la mano de la historia personal de Larrea el siglo de oro de la radiofonía argentina. Cuando nace Larrea la radio tenía 18 años”, narra Martín.

El modo de decir y hacer de Larrea transformó a esa radio argentina al punto de que la mañana actual de las AM y FM - casi sin excepción- están moldeadas por esa forma: al toque, rápido, cortito, repartiendo juego entre lxs distintxs columnistas. Fue el primero y lo hizo con maestría (su contracara podría ser Guerrero Marthineitz, otro maestro). Los remixes posteriores -muchos- se han quedado con la cáscara, lejos de la música(lidad), la picaresca, el arte y la profundidad que le imprimía Hetitor.

Al leer al genio en el marco de los signos que amasaron el tiempo que le tocó vivir, podemos entender por qué Larrea es Larrea, aunque nunca terminaremos de descular por qué hace radio de esa manera. “No hay explicación a cómo patea un tiro libre Maradona o Messi. Capaz que se quedaron horas y horas entrenando. Encuentro una respuesta en la infancia de Larrea. Una infancia humilde, con dos padres muy trabajadores. Pienso en el papá Emilio, que tocaba el bandoneón y tenía una orquesta que se llamaba Larrea y sus muchachos. Él fue el primero que lo acercó a la música y a la figura de Carlos Gardel. Más o menos le decía: ‘Mirá cómo canta este muchacho que es lo más trascendente en la historia de la humanidad’. Ese chico Larrea era tan musical que ese paralelismo que hace con la radio tiene mucho que ver: salir afinado, buscar el tono justo, generar un clima”.