HORACIO GONZÁLEZ | 1944-2021

Esta es nuestra despedida a Horacio González. Compartimos la entrevista que le hicimos en el otoño de 2014 en su casa en el barrio de Boedo. Fuimos Oscar Cuervo y Maxi Diomedi. El arco de la conversación va de la lengua del ultraje a Fito Paez, de los medios de comunicación a Borges, de sus intervenciones poniendo el cuerpo en la televisión a las diferencias fundamentales con Sarlo, de la monolengua de 678 a Ernesto Sábato. Como antesala se puede escuchar la charla donde recordamos aquel mediodía y tratamos de pensar -no sin dolor- lo que significó HG para estas pampas.


Por Oscar Cuervo


Para saber cómo es la soledad hay que sentir cómo le duele a uno la muerte de un compañero de ruta. No voy decir que Horacio González era mi amigo, solamente hablé cuatro o cinco veces con él, pero sí puedo asegurar que después de diez minutos de conversación Horacio te daba la sensación de que se había hecho amigo tuyo.


Estos últimos meses fueron un azote de Dios para nosotros, el tener que acostumbrarnos a despedir cada tantos días a seres que uno quiere figurarse siempre ahí, a cualquier hora, dispuestos a empezar a charlar con una ocurrencia casual, con la confianza de que el pensamiento se va a ir abriendo camino. Ya no quiero nombrarlos uno por uno porque duele más.


No fui su amigo, pero tuve la suerte de conversar algunas veces con él y pude ver cómo cada pregunta difícil la recibía con una sonrisa. Esa conjunción entre la pregunta difícil y la sonrisa amable es, creo, lo que mejor lo define. Su sonrisa al pensar. No es que González fuera amigo de cualquiera sino que era amigo de las preguntas difíciles que decía sonriendo. Viéndolo entusiasmarse al escuchar una pregunta inesperada uno puede comprender el significado más tangible de la palabra filósofo. La actitud de la philía ante la incertidumbre, el gesto amistoso al pensar juntos. Conozco gente culta, ingeniosa, informada, que ante una pregunta difícil se ponen hostiles. Te hacen ver en sus ojos una sombra de odio. Lo contrario me pasó cada vez que conversé con Horacio.


Cuando en 2014 nos dijo que Scioli lo había llamado para conversar, la misma semana en la que él declarara en Carta Abierta que el entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires no era un candidato que le produjera entusiasmo, cuando meses después dijo que iba a votarlo con desgarro, con cara larga, muchos de nuestro propio lado le reprocharon la inoportunidad de sus dichos. Un pequeño poeta irascible que hace poco dibujó unas líneas sentimentales ante la muerte de Horacio, unos años antes, cuando Horacio había dicho lo del voto desgarrado, se hizo el piola off the record. No me lo contó nadie. Personas que piensan aferradas a la avidez de novedades, que declaran abiertas y cerradas las épocas de un mes a otro, apuradas por editar un ensayo todos los años, no podían aguantar que un hombre diga lo que muchos sentíamos: que a Scioli solamente se lo podía votar con desgarro. A pocos les gusta sentir el desgarro, pero a menos les gusta decirlo. Muchos admitían por lo bajo que era verdad, pero a la vez: eso no se dice. Apreciar el valor necesario para mostrar ese desgarro ayuda a entender qué tipo de hombre se fue con Horacio, lo imposible que será habitar ese vacío. Sus palabras, más allá de la oportunidad electoral, eran ciertas. Tener a Scioli como candidato a presidente ya era una derrota. ¿Cuándo empezó a gestarse la derrota? Es difícil marcar un comienzo, pero cuando Horacio lo manifestó la suerte estaba echada. Cuando en una parte de la entrevista que reproducimos a continuación Horacio nos dijo que había recibido un llamado de Scioli y que estaba dispuesto a hablar con él, lo dijo con la misma sonrisa que ponía ante las preguntas difíciles. La tensión que se producía entre su ceño fruncido al votar y la sonrisa con la que se declaraba dispuesto a conversar definen su rara integridad. Horacio González portaba una actitud de amistad con la verdad que no es frecuente entre nosotros. También por eso lo vamos a extrañar.


Hasta hace un par de meses yo podía figurarme ir caminando una mañana a su casa -vivimos lo bastante cerca como para prescindir del colectivo o el taxi-, tocar a la puerta y quedarme un rato conversando con él: de Macedonio, de Borges, de Viñas, del diario La Nación, de Fito Páez, de Heidegger, de Godard. Él nos habilitaba la soltura para deslizarnos por senderos del pensamiento que no se sabe adónde nos llevan a parar. El podía vincular con naturalidad la escritura vitriólica de Vicente Fidel López con el estilete hiriente de un columnista de la derecha como Carlos Pagni. Esas asociaciones eran posibles porque González se complacía en rastrear los linajes, por lejanos que nos parecieran: practicaba un estilo oblicuo que le permitía unir esos lazos.


Cuando me enteré de su enfermedad quise tranquilizarme pensando que ya había recibido la primera dosis de la vacuna, por lo que mi angustia se asordinó. "Ya volveríamos a vernos". Supe cotidianamente de su pelea y no perdí la esperanza de que iba a salir. Pero la internación prolongada dio lugar a un virus intrahospitalario que minó su organismo frágil de estos últimos años. Hasta horas antes de enterarme de su muerte pensé que podía salir, que íbamos a volver hablar. Pudo ser posible, pero por un pelito no fue. Me quedaron algunas cuestiones, cosas que quería preguntarle. Ahora me estoy haciendo a la idea de vivir con esas preguntas, no encuentro todavía a quién hacérselas. Ahí me doy cuenta lo que deja de ser cuando alguien se muere.


La sensación de cercanía que él generaba al conversar, ese ánimo a preguntar sin miedo de meter la pata deja una huella persistente. Nunca ha de morir.