Gastón Vázquez | Poeta a la intemperie

Gastón Leandro Ezequiel Vazquez es un poeta que lleva con él las marcas que le dejó vivir a la intemperie. Eso está presente en todo lo que escribe. Su primer libro se llama Parresía, lo que nos da un indicio de una búsqueda artística que vincula experiencia poética y filosofía. Si pensamos en hablar con él es porque la cuarentena nos obliga a repensar el rol del arte. No como entretenimiento ni como mero consumo para evadirse, sino como salvavidas que puede cambiar el rumbo del día o de una vida. A continuación la entrevista para leer y escuchar.



Las marcas de vivir a la intemperie Gastón las lleva en el cuerpo y en la poesía. Se pueden leer, por ejemplo, en este fragmento de su poema Embajada de Israel:


Abro los ojos y el sol ya está en lo alto

Reviso la mercadería de mi carro

Que no me hayan rastreado nada

Me acerco a una plaqueta y descubro

Que estuve durmiendo en la embajada de Israel

Lo que ha quedado de la embajada

Mi memoria me muestra las imágenes de la explosión

El hongo sobre el edificio

La gente desesperada, los heridos, los muertos

Y ahora solo queda esto: una plazoleta y la memoria

Mi vida también es como la plazoleta

El recuerdo y los restos de una

Explosión; quizás por eso nos encontramos

Quizás por eso debo caminar buscando los restos

Restos de mi vida para poder armar

Una nueva vida; una nueva memoria

Pero eso todavía no lo sé

Sé que debo llevar este cartón hasta la 31

Y seguir caminando, juntando

Durmiendo en cada lugar donde

Yo también muero y vuelvo a despertar.

Qué largo se ha hecho el camino de vuelta

A casa.

Gastón dice que sobre esas marcas funda su ética. O sea, sabe lo que está bien porque sabe también lo que es pasar por esas situaciones de calle: desde estar re loco hasta meterle miedo a otra persona, como nos dirá en un pasaje de la entrevista.


Su primer libro se titula Parresía. El camino de la ética. “El acto poético puro es el de la parresía”, dice y nos recuerda a uno de los mayores parresiastas que ha pisado estas calles: Rodolfo Walsh. Ese nombre fundamental para las letras y la política argentinas es un puente que lleva directamente a los versos de un poema de Camilo Blajaquis (antiguo seudónimo de Cesar Gonzáles) que aparecen como acápite del libro: ‘¡Letras, máscara de mi herida! / Aliéntenme esta tarde / que si no escribo soy una piedra’. Hay una memoria subterránea que establece conexiones que en algún momento terminan por conformar una mirada del mundo. Gastón trae a sus páginas a César, quien a su vez fue marcado en la cárcel por la lectura de Walsh. Así se hace paso la (otra) historia también.


“Estamos encerrados dentro de dispositivos. Porque no solamente estamos encerrados dentro de 4 paredes, estamos también atrapados dentro de lo virtual, ¿no? Es un doble confinamiento”, dice Gastón Vázquez desde su casa en las afueras de la ciudad de Bahía Blanca donde escribe, lee en cantidad y hace el pan que le da el sustento del día a día. Hace poco más de un mes cumplió 40 años. El número redondo lo encuentra en un momento muy vital, con varios volúmenes de poesía terminados y entusiasmado con su nuevo proyecto de escribir poemas (de otres) en forma de pan.


El momento pandemia nos lleva a realizar la entrevista vía webcam. En su hablar reflexivo y abundante en citas no se nota demasiado los efectos del aislamiento preventivo obligatorio, aunque reconoce que la exposición a toneladas de información es insoportable. “El cuerpo no soporta tanta información como la que está dando vueltas. Hace años que todo es información, estamos bombardeados. Y más ahora que se suma la ansiedad, el pánico y la paranoia. Uno se empieza a hacer la cabeza: ‘Tengo fiebre, tos, angina…’. Ahí juega una mala pasada el exceso de información. Después que pase esto se verá qué queda de este fenómeno comunitario y mundial”, nos dice.


-En algún momento creímos que a mayor información, mayor capacidad de discernir y por lo tanto de ser libres. Hoy tengo la impresión de que somos muchos los que estamos buscando las líneas de fuga que nos lleven hacia el arte y la poesía, que obligan a otro tipo de tiempo, a detenerse y a encontrar verdades de manera más velada. ¿Qué significó encontrarte con la poesía en tu vida?


- Yo marco el encuentro cuando fallece mi madre. Mi proyecto era más que nada narrativo, quería escribir cuentos y novelas. Yo había leído poesía. Lo primero que yo leí en serio fueron las obras de Borges, tenía el tomo II las Obras Completas. Y me enganchó por los ensayos, por Otras inquisiciones. Después seguía El oro de los tigres, Para las seis cuerdas y me parecía aburridísimo. ‘¿Esto es poesía?’, decía, pensando en la pregunta de [Gustavo Adolfo] Bécquer: '¿Qué es poesía?'. Y no lo entendía, me parecía pesada… Cuando fallece mi madre empiezo a sentir un estímulo interior, necesitaba empezar a contar. Me acuerdo que dormía con los libros en su cama de dos plazas. Era una necesidad imperiosa hasta durmiendo. Me despertaba y leía. Iba de la cama a la compu. Y empecé a tantear: primer verso, segundo, esto de cortarlo, leerlo… Y empezó a salir, a fluir. Yo también digo que cuando leí a [Washington] Cucurto dije: ‘Guau, quiero escribir de esta manera’. Cucurto, [Fabián] Casas, los poetas de acá como Marcelo Díaz, Mario Ortiz, Karen Garrote... Pensaba que la poesía era Borges, Becquer, [Antonio] Machado, lo que se llama la alta literatura. Cuando leí a Cucurto me di cuenta que podía ser más accesible. Encima Cucurto es del barrio donde yo nací, de Quilmes, Solano. Veo que él trabaja con el barrio, los vendedores ambulantes, el padre... ¿Dónde está el material? Está ahí: la infancia, el barrio, la zanjita, los barriletes… y la vida en sí. El material está disponible todo el tiempo y a cada momento. Y me di cuenta que lo hacía diariamente. Todas las noches me ponía a escribir algo. A veces salía algo bueno y lo guardaba. Sigo haciendo eso, sigo teniendo una relación muy íntima con la poesía porque siento que -hablando del habitar poético que ensaya Heidegger con un poema de Hölderlin- el habitar poético no es privativo del que escribe poesía, sino que cualquiera puede ser poeta con lo que hace y en la manera que vive: un vendedor ambulante, un cartonero, un limpiavidrios, un vendedor de alfajores, un empresario y el que se define como poeta. Es una actitud. Es fuerte decir: ‘Soy poeta’. Yo no sé si digo que soy poeta, digo que me gusta la poesía. Me gusta escribirla, leerla, compartirla, leerla cuando me invitan a una lectura. Hay una película de Cesar Gonzáles que se llama Exomologesis; en una parte se recita poesía y la coach es Sofía Gala, y a uno de los chicos le dice: ‘Es en serio lo que estás diciendo’. Como diciendo: ‘Te la tenés que jugar con la palabra, sos vos con tu voz’. Y es muy loco el escritor que está escribiendo sin que nadie se lo pida. La institución te pide que produzcas y muchas veces, si no tenés la tarea, no escribís. ¡Pero escribir sin que nadie te lo pida es algo raro!


- No parece casual que al acápite de tu primer libreo sea de Cesar Gonzales: ‘¡Letras, máscara de mi herida! / Aliéntenme esta tarde / que si no escribo soy una piedra’. ¿Con César te pasa algo similar a lo que te pasaba con Cucurto o Casas?


- De esos versos de Cesar lo que rescato es la vitalidad: ‘Si no escribo soy una piedra’. Como que si no escribe estaría inerte, no cumpliría ninguna función. O como que no está vivo, ¿no? Si no escribo, no estoy vivo. Es la manera de enmascarar esa herida, o esas heridas (porque son muchas). Y uno rescata el poder de la palabra para que esa herida sane. Cuando lo leí me voló la cabeza. Yo necesito esa poesía para que me afecte. Y es una doble afectación sabiendo de dónde viene César, porque no viene de la academia, de los lugares legitimados. Creo que es como dice Ricardo Zelarrayán: ‘No existen los poetas, existen los hablados por la poesía’. Uno se tiene que dejar llevar por esa voz extraña de la que habla Casas. Estoy citando y citando [risas]. Sigo siendo un buscador en la noche de esa voz extraña y la manera de sanar todas esas heridas.


- En tu poesía aparecen trabajos duros (cargar bolsas, cartonear), secuencias a la intemperie o de discusión con un juez en un tribunal de familia, textos sobre la parresía, un príncipe que va a atravesar kilómetros para devolverle al bufón muerto su traje de arlequín. ¿Eso tiene que ver con tu experiencia y con que vos crees que son temas que no aparecen en la poesía en general?


- Sí. Si me pongo a pensar bien son pocos los que tocan los temas que a veces siento que hay que escribir. Pero eso a mí me deja en un lugar de tranquilidad, porque siento que al no estar tratados, no hay una saturación de trabajos sobre lo que yo siento que hay que escribir.


- ¿A tu primer libro de poesía no le llamás poemario?


- Yo le llamo ensayo poético, juego con los esquemas literarios. ¿Por qué no puedo mezclar algo narrativo con algo poético, con algo de ensayo, con definiciones de diccionario? Yo empecé a jugar con el personaje del Rey Bufón. Agarré el nombre y empezó a pedir literatura, él empezó a pedir permiso: ‘Yo quiero contar esta historia’, que a su vez es la historia mía, ¿no? Es la salida a la intemperie, a buscar la propia experiencia, la propia voz. Toda esa literatura se alimenta de eso. Está todo bien con la familia, pero yo necesito salir a la intemperie. Y creo que también la estructura tiene mucho agolpamiento, esto de la información que hablábamos: uno quiere meter mucha información. Empecé a pensar que Parresía es un concepto y que este es el primer tomo. El segundo está terminado y se llama Estética del fracaso. El tercero se llama Ética para el Rey Bufón, el cuarto se llama Estética del absurdo y el quinto son ensayos: Apuntes para ética y estética.


- De dónde viene cierta veta anarquista que tenés a la hora de ver el mundo. No es que vos lo hayas dicho, pero lo infiero de muchas conversaciones que hemos tenido donde yo me muestro más optimista respecto del rol que tiene que tener el Estado y vos siempre dejás ver una resistencia a la intromisión del Estado, pensándolo como un organismo de control a través de sus distintas instituciones. ¿Es así o estoy errado?


- Eh, sí. El Estado, ¿no?, este ente que es eficiente para recaudar, pero ineficiente para distribuir. Yo a veces pienso al Estado como un pulpo que está medio empastillado y borracho, que con un tentáculo construye y con el otro tira todo lo que hizo. Esa es mi visión psicótica del Estado. Para lo que es la actividad artística yo olfateo una trampa cuando el Estado financia una obra de arte o un libro, un cd, una obra de teatro… Creo más en lo autogestivo y en lo comunitario. A veces siento que la gente que es muy defensora del Estado habla como si no hubiera vida fuera del Estado, y de hecho la hay. Hay mucha vida [risas]. Se pueden hacer cosas, se pueden hacer libros, obras, películas. Siento que si te financian algo es una manera de comprar al artista, ¿viste? Y esos favores, por lo que uno ve, hay que pagarlos. No está en el contrato, no es explícito, es tácito. Entonces, creo que hay que tener cuidado con el Estado. Eso me lo digo a mí, no a otro. Yo siempre pienso las cosas para mis propios principios. Y también pensando en la vida a la intemperie. La intemperie sería una vida fuera del Estado. A ver… no es fuera del Estado porque uno tiene que pagar impuestos, tiene que circular dentro del Estado, pero que no se quiera meter dentro de la poca libertad que nos queda. ¡Dejame respirar un poquito! También lo digo pensando en la historia de nuestro Estado argentino que ha mostrado ineficiencias. A la hora de desaparecer gente ha sido efectivo. Para otras cosas no, pero para avanzar sobre los cuerpos está mandado a hacer, ¿viste? Esos son mis principios que me he armado de lo que fue mi vida en la calle y mi vida ahora. Puedo vivir sin tanta participación del Estado. Se lo necesita para la justicia, la salud, impuestos, pero hasta por ahí nomás. Trato de no darle mucho poder al Estado. Esa es mi visión, más que nada con el arte. En mi obra no dejo que se meta el Estado. No me hace sentir cómodo, ese es el tema.


"Yo olfateo una trampa cuando el Estado financia una obra de arte o un libro, un cd, una obra de teatro… Creo más en lo autogestivo y en lo comunitario. A veces siento que la gente que es muy defensora del Estado habla como si no hubiera vida fuera del Estado, y de hecho la hay. Hay mucha vida"

- ¿El mismo nivel de asfixia que te produce el Estado no te lo producen los lineamientos del mercado? ¿No ves en el Estado la posibilidad de reducir las asimetrías que existen entre quienes más tienen y menos tienen, o de intervenir de manera que no sea el mercado el que diseña nuestros gustos para dar la posibilidad de que existan otro tipo de narrativas? ¿Para vos en eso el Estado no tiene que meter mano?


- Lo que pasa es que es una mano peligrosa y selectiva. Las dos son un peligro. Hay una idea de que el rico está por sobre el Estado, pero los Estados están sobre todo. Yo veo poco probable esto de la distribución de la riqueza. Quizás sería mejor distribuir la pobreza para todos [risas]. ¿Qué es ser pobre? No sé. Hablando de mi vida como valor de referencia de lo que es la pobreza, yo veo que hay mucha gente que habla de pobreza y no llevan la vida que yo viví de pobreza. Si uno vive en la calle y vive cartoneando y haciendo malabares en los semáforos, esa es una vida jodida. Yo a veces en la poesía denuncio esas cosas: ‘Loco, me parece que vos no sos pobre’. Pobreza es otra cosa. Pobre es el que tiene y nunca nada le alcanza. Yo hoy no sé si tengo mucho o poco, pero me siento cómodo donde estoy. No sé si soy rico o pobre. De vuelta, el mercado y el Estado me van a decir que soy pobre. ¿Para qué? Para endeudarte, para comprarte, para que los votes. Sin embargo, yo hace once años que como todos los días las cuatro comidas, he viajado, he escrito, he hecho mi casa y la de mi viejo, con condiciones y sin condiciones. Entonces, esas voces que bajan del poder a través del Estado yo no le doy mucha bola. La vida a la intemperie me ha brindado bastantes habilidades para sobrevivir, así que ¿por qué tener miedo?


Dictadura. Gastón recuerda a una profesora que en la facultad le habló de una chica que soñaba con descargas eléctricas recurrentemente. Esa chica era hija de desaparecidos y las descargas eléctricas se podían interpretar como la picana que recibía su madre estando en cautiverio con ella en la panza. Eso lo llevó a pensar en su propia historia: “A mí me costó un montón de años darme cuenta que nací en dictadura. Yo nací en el 80. No podía asociar que había nacido en dictadura, tardé 38 años en darme cuenta”.


Tirar del hilo de la memoria personal y colectiva es un trabajo de reconstrucción que puede resultar muy doloroso. “No darse cuenta de algo que es evidente, es vivir en una mentira o negado a la verdad”, reconoce y ahonda en su propia identidad: “Yo nací en el 80 en esta familia. Sumo todos los factores que hoy hacen que sea yo: yo chico, yo adolescente, yo calle, yo recuperación, yo poeta… El yo poeta trae todos esos yo, desde el 80 y más atrás, arrastrando el linaje europeo, guaraní, anarquista de ese español que vino de España y se casó con una guaraní de Paraguay. En las dos familias están los españoles mezclados con aborígenes. Eso sí o sí está en la sangre y en la carne. Por eso yo creo que tengo una relación muy fuerte con el fuego, con lo natural, con el barro, con recuperar esa tradición, ¿no? Mi abuela me enseñó a hacer el pan casero… En realidad, no me enseñó cómo se hace pan casero, yo vi como hacía el pan casero. A los 35 o 36 años volví a recuperar eso. Yo no quiero trabajar en la súper empresa trabajando 40 horas por día, yo quiero hacer pan, trabajar con la harina, y con la literatura y la escritura, que es lo que me dejó mi tío. ¿De todo lo que tengo qué elijo? Hacer esto, nada más. Después de haber pasado por montones de cosas yo hoy decido esto.


- Los territorios donde chapoteas las patas son la poesía, el pan… ¿y qué más?


- La literatura en sentido amplio: leer y escribir. Y todo lo que conlleva eso: hacer un libro, hacer un ciclo, ir a lugares, empezar a trabajar con grupos de gente para ayudar a otros a encontrar su palabra o su voz, o prestarme a ir a charlas en escuelas para contar cómo uno encuentra su voz. Porque el gran desafío es encontrar una identidad a través de lo que uno está realizando. Siempre se habla de eso, ¿cuál es tu voz? Esos son caminos puramente personales.


- ¿Encontraste tu voz?


- Yo hace rato que creo que encontré mi propia voz. Lo bueno es que me siento cómodo. No tengo miedo o vergüenza de escribir lo que siento en el día. En mi cabeza siempre hay un tema dando vueltas y eso se complementa con algo que estoy leyendo, con algo que estoy mirando, con algo que vi en la calle, con alguna memoria que está operando desde hace años. Y por ahí encuentra la manera en la poesía o en la prosa. Pero sí… no puedo decir que no tengo material. Material hay. Y esto que queda… el resabio de la drogadicción, el exceso y el sobreestímulo de la imaginación. Esto de haber acumulado tanta locura en la cabeza y tantas imágenes y delirios, dentro del inconsciente y fuera del inconsciente. ¿Qué hacer con ese material que quedó dando vueltas por años? El desafío es abrir de a poco la válvula y ver qué sale y qué gotea. En su mayoría es poesía. Al momento de sentarme a escribir algo es porque está más o menos resuelto. Es como esperar el leudado y la escritura es el golpe de horno.


A Gastón le gusta mucho ver y escuchar entrevistas para poder atender a los procesos de los demás escritores y ver si son diferentes a los suyos. La respuesta es no. Todos -quien más quien menos- escriben en tiempo robados o en condiciones que no son ideales. “Acá donde vivo ahora está agradable, pero en invierno, si no tengo la salamandra prendida, te congelás. Sin embargo, todos los inviernos he escrito. Con la bufanda o con el gorro, es una necesidad escribir en la intemperie. Si venimos de un velorio, escribimos; si estamos cuidando a alguien en el hospital, también. Yo lo veo como una necesidad, un hábito y una especie de diario en una doble acepción: de confesión, pero también de hacerlo diariamente. La literatura para mí es como estar contándole algo a alguien. A mí me pasó esto, yo vi esto, lo otro, así era el día. Hoy, la literatura que me gusta, es la literatura simple y llana. No ser tan rimbombante con adjetivos y oraciones larguísimas. Yo me había hecho la idea de que la forma de escribir era esa, y no. Cuando uno va investigando se va dando cuenta de que el material está ahí servido, generalmente en la infancia y en el barrio. Y después uno se nutre para tomar préstamos de estilos, maneras de contar, de narrar y de resolver. Y también maneras de romper con eso, de patear el propio sistema que yo mismo me armo.


- ¿Sos de los que cree que todo está en la infancia? ¿El material con el que laburás está en el pasado?


- Eh, generalmente sí. A ver… ¿cómo explicarlo? No digo que todo está en la infancia. El material que yo saco para la narrativa y la poesía generalmente está en el período que va de los 20 a los 30, que son los años de exceso, locura, intemperie y calle. Cuando voy a la infancia es para contar cosas agradables y recuperar la inocencia de esos años. Porque los otros años no fueron inocentes. Cuando uno sale al mundo, después de los 18, ve que el mundo es brutal, es absurdo, es injusto, es violento, es doloroso. Y uno siempre está añorando los años de la inocencia: la canchita, el barrilete, la zanjita, ese primer amor... Como digo en un poema, el mundo eran dos cuadras nada más: mi casa, la canchita y a dos cuadras era un misterio qué había. Cuando uno llega a los 40 empieza a ver por todo lo que pasó, la gente que se empieza a morir, los amigos, ¿viste? Y como dice Symns, sí o sí la curva viene para abajo. La cresta de la ola estuvo en los 30, 32, pero ya empieza a bajar, hay que ir comprando la parcelita…


-Eh, pará [risas].


- Bueno, por eso uno se pone melancólico y nostálgico con todo, incluso los últimos cinco años, por ejemplo, mi vieja, que va a hacer tres años. Siempre estoy volviendo a eso, a su relación a las cosas que no le pude decir, a las cosas que sí. Así todo, creo que esto de escribir sobre el pasado modifica el futuro. Cuando uno empieza a encontrar la verdad y empieza a sanar posta, se da cuenta que empieza a modificar el futuro. No sabemos qué es el futuro, pero yo sé que si estoy medianamente en mis cabales, centrado, si hice lo que tenía que hacer, mañana no va a ser una tragedia. O como esos años donde no sabía qué iba a pasar mañana, que me despertaba en un calabozo o rascándome la sarna en Juncal y 9 de julio. Hoy hay una perspectiva más benévola con el futuro. No sé qué tiene, pero en estos últimos diez años construí un montón de cosas como el espacio donde estoy viviendo ahora, la casa e mi viejo, la literatura, las amistades, montón de cosas que eran impensadas. Cuando uno se ancla aquí y ahora, y empieza a dialogar con uno mismo en el pasado, el futuro se empieza a modificar. Ahí es donde entra la filosofía, la poesía, el estoicismo, la mayéutica, cómo pensamos el mundo, qué es la realidad… Con todas esas preguntas uno entra la literatura. ¿Con qué me la voy a jugar a la hora de escribir? Porque la literatura es como un campo de batalla, yo estoy acá, me planto y -hablando de parresía- yo viví esto, esta es mi verdad. Si al otro le sirve, que le sirva, ¡buenísimo! Tampoco todo le tiene que servir a todos. Pero el acto poético puro creo que es el de la parresía.


"Un parresiasta nuestro es Rodolfo Walsh que manda la carta a las Juntas, que sabe que lo van a ir a buscar y que lo van a boletear, y sin embargo se la juega. Es un ejemplo claro de la parresía. Alguien que se la juega en la literatura y les está hablando a ellos, y sabe que lo van a matar. Eso es un acto de coraje que hay que valorar. Yo no he sido bueno, he tenido mi lado oscuro, mis cosas malas, he hecho mal. Pero eso también es lo que funda la ética, el saber el verdadero valor del bien y el mal no desde un bien y mal abstracto. No lo hago porque yo lo hice"

- Parresía en la antigua Grecia significaba decir veraz, el decir la verdad aún cuando eso pusiera en peligro tus vínculos más cercanos. ¿El título de tu libro tiene que ver con eso?


- Sí, claro. Decir la verdad incluso cuando tu vida esté en peligro. Sócrates fue un parresiasta porque él prefirió tomar la cicuta antes que transar con el Estado griego. Era el exilio o la muerte. Y dijo: “Yo prefiero morirme con mi verdad”. Un parresiasta nuestro es Rodolfo Walsh que manda la carta a las Juntas, que sabe que lo van a ir a buscar y que lo van a boletear, y sin embargo se la juega. Es un ejemplo claro de la parresía. Alguien que se la juega en la literatura y les está hablando a ellos, y sabe que lo van a matar. Eso es un acto de coraje que hay que valorar. Yo no he sido bueno, he tenido mi lado oscuro, mis cosas malas, he hecho mal. Pero eso también es lo que funda la ética, el saber el verdadero valor del bien y el mal no desde un bien y mal abstracto. No lo hago porque yo lo hice. Yo sé lo que es atentar contra la vida de otro, contra la propiedad de otro, sentir el pánico del otro cuando lo amenzás con una arma o con algo. Y también cuando te lo hacen a vos. No sé… o vivir en la calle, comer de la basura… son cosas que te dan la verdadera perspectiva para valorar las cosas, valorar un techo, una cama, el afecto, la confianza… Con mi familia tardé un montón de años en recuperar la confianza. Con mi vieja estuve cinco años para volver a construir una relación basada en la confianza, porque no confiaba nadie en mí. Incluso mi viejo. Sin embargo, hoy con mi viejo vivimos juntos, nos llevamos bien. Y así con todo. A mí hay gente que no me cree, “este se hace el que está recuperado o en recuperación, es un cachivache”. Hay gente a la que le queda esa imagen y yo no puedo hacer nada. Yo hablo de mi experiencia. Yo viví esto, vine al mundo de esta manera, dentro de esta familia, hice estas cosas, viví estas cosas y hoy sé que no las hago porque sé que todo tiene consecuencias. Uno cuando se clava en el aquí y el ahora, puedo decidir hoy. Y creo que esta situación [de aislamiento obligatorio] nos pone a todos en el aquí y el ahora porque nadie puede planear más allá de mañana. Nadie está haciendo planes y eso está buenísimo. Todo el mundo sí o sí tiene que estar acá, ahora.

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