Faca Flores | Música del alma

Estos textos aparecieron a lo largo de varias semanas publicados en Facebook como parte de un juego donde un amigx etiqueta a otrx para que postee las tapas de los discos que fueron importantes en su vida. El músico Facundo Flores (Faca) se tomó el trabajo de ir un poco más allá y explicar por qué cada uno de ellos le cambió algo de su concepción y percepción de la música. Tanto nos gustó lo que iba posteando que le pedimos permiso para publicarlo todo junto en nuestra web y acá está para leerse. Cada texto es un pequeño mundo musical, tan fascinante como revelador.



Faca es músico con tres discos solistas editados: Árbol de fuego (2011), Ulterior (2014) y Canto nuevo (2018). Desde hace un par de años se presenta en formato trío con Los Agricultores, acompañado por Manuela Weller en cello y Andrés Nizovoy en flauta. Formó parte de Los Grillos del Monte y Onda Vaga, entre otros proyectos. Lo que se puede leer en lo que escribe es un crescendo en el que va metiéndose con los discos que torsionaron lo que él entendía por música y también, por qué no, una ventana a distintos momentos y experiencias de su vida aquí, en Boston o en alta mar, tironeado entre la formación musical y el deseo, entre lo que se debe hacer y la libertad que aparece cuando se escucha a lxs artistxs libres. Hay variados momentos de revelación. De Red Hot Chilli Pepper a Keith Jarret, de Atahualapa Yupanqui a Puente Celeste, de Arvo Pärt a Ezequiel Borra, de Bob Dylan a Leonard Cohen, de Vashti Bunyan a Facundo Cabral. Entren, lean y (re)descubran.

Blood sugar sex magik, Red Hot Chili Peppers


Me llegó después de Nevermind de Nirvana, que limpió un poco de mi ser adolescente los vestigios del glam que habían instalado los Guns n’ Roses. Después de este disco definitivamente decidí dedicarme a la música. Seguí revoleando la cabeza, como venía haciendo con Metallica, pero más refinadamente, digamos. En esa época podía cantar de punta a punta el disco: las infinitas letras, las guitarras, el bajo y por supuesto LA BATA. Sin darme cuenta, además del groove, ese disco me dejaría marcado el ideal del concepto en la música. O sea, ajustar toda una obra a una idea (tímbrica en éste caso). Masterpiece del funk. Tenía 13 o 14 y una batería en mi cuarto.


Dato de color: al disco lo produjo Rick Rubin, el mismo que produjo el álbum negro de Metallica, otro disco que me llego a los 10 u 11 años y me hizo estallar. Entró en mi vida como un meteorito que me hacía encerrarme en mi cuarto, ponerlo a todo volumen, agitar la cabeza de una manera que ahora no podría y sentir EL PODER DE LA MÚSICA, como dice mi amigo Juan Ignacio Serrano.


Cambio de celda, Ernesto Jodos


Acá se rompió todo. Es común prestar atención a los grandes acontecimientos culturales y explicar nuestro comportamiento en base a ellos. Dicho en criollo: el mainstream nos hipnotiza y somos sus autómatas. No vamos a negarlo, algo de eso hay. Pero existe un poder homeopático en acontecimientos más subterráneos que producen cambios que no salen en los suplementos de los diarios, o salen más tarde. Una prueba científica de lo que afirmo es que en Google no aparecen tapas de este disco que no estén pixeladas.


Esto creo que pasó con el trío de Ernesto Jodos, Sergio Verdinelli y Martín Ianaconne. Los que, como yo, estudiábamos JAZZ (así, con mayúsculas) estábamos acostumbrados al viejo y placentero chin-qui-tin, un eterno swing que surgió del cuerpo de los negros en Estados Unidos y la intelectualidad mestiza. Estaba todo bien así, salvo porque un viernes fui -creo que sin compañía, aunque no recuerdo bien- al viejo bar Notorious a ver al que en ese momento era mi profe Ernesto.


Sentí que se desmoronaban los viejos templos sistematizados en libros de Berklee y que mis esfuerzos por vincularme a una música que me esquivaba ya no tenían sentido. Estos tres hacían la música de la libertad y no es tanto lo que sonaba, sino más bien lo que NO sonaba. Alguien dijo por ahí que el verdadero arte no está en lo que es, sino en lo que "podría ser". Y esa música podía ser infinidad de cosas: música improvisada, abierta, mundos un poco flotantes, agitación interior, pero… (y creo que se justifica preguntarnos) ¿es que todo esto conduce a algo?

En mi humilde opinión, a la re-fundación del jazz argentino.


Pasando el mar, Puente Celeste


Dice Rudolf Steiner en La Ciencia Oculta: "Toda evolución estriba en que, primeramente, de la vida del medio ambiente se independiza una porción de esencia; más tarde, se imprime el ambiente, como por reflejo, en el nuevo ser generado y, finalmente, este continúa su evolución independiente". ¿No es esto lo que ocurre? Fascinante. Imaginemos un momento en la ciudad de Buenos Aires post 2001, todo roto por todos lados. El ambiente musical en movimiento como una masa nebulosa espiritual e indefinida: folclores de proyección (vaya uno a saber de qué), free jazz, un incipiente gusto por la canción, ¿rock? De repente, varios músicos se juntan en el ND Ateneo y presencian el espectáculo de un grupo de colegas que se independizan y hacen una música que refleja las preguntas que anidaban en muchos de nosotros aunque no las habíamos formulado. Cada nueva pieza musical introduce timbres que despiertan aspectos dormidos en nuestra conciencia. Cantan, percuten, se miran y sonríen.


Esa evolución siguió su curso. Para miles de músicos de una generación menor ese misterio llamado horizonte quedaba un poco más lejos. Ya no podríamos concebir la pampa sin un poco de Mbira, o un sitar desligado de la India y los Beatles. Y si lo hacemos es para independizarnos nuevamente, signo de que Puente Celeste ya es parte de la esencia del medio ambiente.


Keith Jarret, The Köln Concert


Sería limitado de nuestra parte si al pensar en las ventanas reparáramos demasiado en los detalles de su marco. Eso puede ser de interés para un carpintero o un esteta, seguramente, pero nadie podría negar que la esencia de la ventana se encuentra en el espacio que libera, que permite ver del otro lado.


En la tapa del Köln Concert se puede ver una ventana formada entre el perfil del piano y el de Keith Jarrett. Hay otra que está sugerida, por donde parece asomarse Keith con ojos cerrados. ¿A dónde da esa ventana? ¿Al espacio entre sus manos? ¿A su interior? La tercera es la música: una gran ventana al interior del disco.

En el espacio entre las notas (marco de interés, pero no esencial) se abren mundos muy distintos al del propio Jarrett yendo en un avión, casi sin dormir, a este concierto (concierto que como él mismo cuenta le provoca cierto desagrado). En esos mundos que aparecen al concentrarnos en el espacio entre las notas improvisadas, somos todos soberanos. Esferas que habitamos de vez en cuando al dormir. O al Despertar.

Rejoicing in the hands. Devendra Banhart


En el 2006 prácticamente había terminado mis estudios en Boston. Vivía una extraña dualidad entre lo académico y lo que mi alma presentía sobre las posibilidades de la libertad musical.

Desde que me levantaba hasta que me dormía había música. Por un lado, estudiar jazz y batería para recibirme. Por el otro, una incipiente necesidad interior de crear desde la nada. Algo libre.


Devendra era un hombre de los Apalaches. Eso me parecía. Tocaba la criolla muy suelto, escribía muy suelto, se iba con amigos a grabar discos a una casita en la que tomaban vino con miel, las tapas eran dibujitos hechos por ellos mismos, había una halo atemporal en esta movida. Sonaba un poco como salido de una compilación etnomusicológica de Carlos Vega. Me gustaba.


Me tocó recorrer una parte E.E.U.U. de gira en camioneta con The Abraham Lincoln Brigade: Gabe Birnbaum, Will Graefe, Danny Mekonnen y Sunjae Lee. Ahí me di cuenta que en el cajón de la cocina de la casa de cualquiera puede haber un arma y que tirando de la punta del ovillo de Devendra salían Joanna Newsom, Vetiver, Fleet Foxes, Six Organs of Admittance, Animal Collective, Akron Family y mil más. El país del norte se poblaba de yanquis tocando la guitarra en ronda y experimentando con grabaciones hogareñas que publicaban sin pulir en MySpace. Era liberador.


Escribí mi primer canción mostrable:


"Yo le daba duro a mi tambor,

hasta que entendí que era mejor,

cantar con mi guitarra,

por las noches en mi cama,

y no tener que ser más que el que soy"


El canto de la tierra, Atahualpa Yupanqui


Respiremos. Podría llegar a desbocarme en este momento. No es poca mi tendencia a la idolatría y endiosar a Athualpa es una tentación constante. Puedo evitarlo de esta manera: compartiendo algo que escribí hace varios años sobre mi encuentro con este disco, a través del cual simbolizo toda su obra.

"Acababa de alquilar una pequeñísima habitación en las afueras Boston, donde iba a pasar el verano. Al entrar por primera vez al cuarto, lo encontré totalmente vacío, excepto por una guitarra olvidada en un rincón por el inquilino anterior. Caprichosamente asumí el olvido como una señal y la tomé de compañera ese verano. Intentando descomprimir un poco mi espíritu, aprisionado y reseco entre tanto estudio formal en el conservatorio al que asistía, comencé a escribir ingenuos bocetos de canciones de rumbo confuso.

Al terminar el verano, con la ciudad ya helada y cubierta de nieve, me mudé a un cuarto un poco más amplio y céntrico. Llevé conmigo un colchón, mi ropa, la guitarra y algunos discos que había tomado prestados de un amigo. Entre ellos encontré una especie de recopilación de viejas canciones de Atahualpa Yupanqui llamada El Canto de la Tierra. Recuerdo perfectamente el momento en que comenzó a sonar la guitarra tocando un motivo sencillo. En seguida su voz llenó el cuarto y mi alma, como surgida del lugar más hondo y verdadero que jamás había escuchado, diciendo: “Pa’ cantar bagualas no cuenta la voz, solo se precisa poner en la copla todo el corazón”. Era todo lo que necesitaba. El arte simple y sublime de escribir una canción me había cautivado. La brújula se había detenido. Comencé entonces a escribir y cantar, subido a mi guitarra, intentos de acercarme un poco más a ese horizonte espiritual y lejano pintado por Atahualpa…”.


Bob Dylan, Bob Dylan


Enero del 2007. Era de noche en la popa de un barco que navegaba en círculos el Océano Pacífico. La razón por la que me había subido no era la que yo creía.

Esa noche estaba más oscuro que de costumbre. Negro sobre negro. Estaba solo. Me pongo los auriculares para escuchar música para... no sé para qué. ¿No era suficiente inmensidad? Cuán naturalizado tenemos el hecho de escuchar música sin músicos que la estén tocando. Desde los eones de la creación hasta los principios del siglo veinte no existió la música sin sus músicos. Es un pensamiento sobrecogedor. Hoy está por todos lados. ¿Será música eso? ¿Es la foto de una mujer, una mujer?

Brota una fuerza vital en la voz de Bob Dylan. Desbordante convicción de que yace oculta en la canción una fuerza capaz de vivir. No es moco de pavo.

Hay una voluntad en la palabra creada... creadora. El artista inspirado la vivencia. Se sumerge, la rescata de las profundidades del oscuro océano y cuando sale la pule, la hace presentable... porque algunos peces del fondo del mar no tienen el aspecto más agradable. Dylan no. No tiene tiempo para eso. Canta desde el fondo mismo de la voluntad del oscuro mar. Habla de sus corrientes, o mejor aún, canta EN sus corrientes. De a ratos deja el mar y camina entre nosotros, los mortales; abraza a Martin Luther King; recibe el Nobel; cena con Bono; etc. Pero su hábitat está allí y se nota. Escuchen sino la grabación que hizo al recibir el Nobel: usa diez minutos para contar la trama de Moby Dick. Ese es su elemento y lo intuí en ese primer disco que grabó y que escuché desde la popa de un barco que navegaba en círculos por el negro mar, en una noche negra, en el inmenso Océano Pacífico.


Just another diamond day, Vashti Bunyian


Este disco no es uno de los que me llevaría conmigo a la Isla, sino más bien la Isla a la que me llevaría los discos. Una comarca en la que los seres elementales son tan perceptibles como la naturaleza manifestada.


Vashti canta desde el lugar en el que el Tiempo es Real, más parecido a una humilde capilla de pueblo que a un infinito papiro. Un día diamantino. Hay un arquetipo de la vida cotidiana que vive en nosotros. Una hoja de pasto, una semilla. La infancia es un reino puesto ahí, en nuestra evolución para recordarnos esta maravilla. En una melodía de tres notas podemos desandar el camino y sentirnos en un etéreo regazo maternal. Acostados mirando el cielo, formas de nubes, bandadas de pájaros en ve corta, en fin…

¿Hay que resignar algo? Por supuesto, ¿o es que para agarrar un arpa no tenemos que soltar el martillo?


El Placard, Ezequiel Borra


Juro que las cosas que vi en Visha Bravard son dignas de aparecer en un libro o un documental como esos que retratan los años 60 y 70. Psicodelia en estado puro y verdadero. Músicos, actores, poetizas y personas también, por supuesto. Caían cornalitos de piñatas para desagrado de todos los presentes. Los conciertos empezaban dos o tres horas más tarde de lo anunciado. Feliz cumpleaños cuando llegaba la policía a clausurar. Entre tres y cinco baterías tocando a la vez en una terraza, jazz-rock o rock-jazz de improvisaciones violentas y liberadoras. Cantautores abrazándose sinceramente. Sonidos bucales de ranas hechos mantra. Imaginación de vuelo propio.


Fue el cuenco que me recibió al regreso de mi vida en el norte del mundo. No podía ser mejor proceso de desescolarización; el famoso “aprende y luego olvida”. Un olvido motorizado por una creatividad aparentemente sin límites.


El loco Borra, el amado Ezequiel Borra, hizo uno de los discos más bellos de toda ésa época. El placard era un poco más maduro que todo el resto de nosotros, incluido Eze. Nena Colorida es un momento en el mundo que llegó demasiado temprano. Hoy los corazones están más dispuestos que en ese entonces a bailar en círculo. Pero ¿quién nos quita lo bailado?


No estás deprimido, estás distraído, Facundo Cabral


Si fuera una carta de Tarot la llamaría "Encuentro con el Santo". Marce bailaba en el teatro Broadway de la calle Corrientes casi todas las noches de la semana. Allí conoció a un asistente que a la vez era asistente del sonidista del ND Ateneo. Porque algo intuiría, le había pedido entradas para ver alguno de los conciertos del ciclo que daba Facundo Cabral en el ND. Ella me venía insistiendo con que vayamos. Sonaba Ferrocabral y otros en la casa de su infancia. Como hasta ese momento su música me era ajena no estaba muy entusiasmado, pero nos dieron las entradas y llegó el día.

En el escenario una silla, una mesa con un vaso (de agua o de vino) y en el fondo un cuadro enorme de una mujer.

.....

Entra mi tocayo favorito guitarra en mano. Un gigante de Luz. Un ser humano libre. Las lágrimas, las mías, brotan como niño desconsolado llorando por el paraíso perdido. Llorando porque uno nunca está lo suficientemente preparado para que le abran el corazón a golpe de rayo. Lloraba irremediablemente mientras Facundo hablaba y tocaba. Me doy cuenta aquí mismo frente a la computadora que podría escribir horas acerca de Cabral, pero ya lo escribió y lo cantó él. Cantó el mundo. Estaba consustanciado con la vida y el objeto espiritual del artista. Disculpen, lo tengo que repetir para mí mismo: el destino Espiritual del Artista. No voy a seguir. Los invito a escuchar sus entrevistas, sus conciertos... Madre Teresa de Calcuta, Jiddu Krishnamurti, chamanes mexicanos, Borges, Yupanqui, Eva Perón, el infinito.

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Tuve la oportunidad de estrechar su mano y la dejé pasar. Al terminar el concierto estaba ahí sentado, la gente se le acercaba, le compraba sus libros y conversaba. Yo tenía que ir a tocar, pero la verdadera excusa no era esa. Seguí de largo por temor. No podía con tanto. Me dije que ya habría tiempo para esto, que qué le iba a preguntar, qué le podía decir yo. Me había equivocado. Lo que tendría que haber hecho es ir a estrechar su mano, sentir la temperatura exacta de un santo, de alguien que vive libre y en el amor. Pero no lo hice. Me fui. Facundo dio un concierto más en Argentina y se fue a Guatemala.

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En la ciudad de Guatemala, dos días después de su último concierto, el 9 de julio del 2011, un amigo empresario le ofrece llevarlo al aeropuerto. Un comando narco acribilla el auto, lo vuelve un colador. Buscaban al empresario, acribillaron al Sabio. Murió por "error" luego de haber sobrevivido al cáncer, a la muerte de su mujer y su hija, a curar leprosos en la india, a vivir de linyera en Tandil.

Yo apenas lo conocía. Ese día recibí llamados dándome las condolencias por la muerte de Facundo Cabral. Tal había sido mi obsesión por él esos días. Y ahora, en este mismo instante, al abrigo de fríos algoritmos que harán que este mensaje en una botella lo lean dos o tres amigos, vuelven las lágrimas. ¿Será que está volando bajo?


Tabula Rasa, Arvo Pärt


Arvo Pärt escribe la música del futuro. Porque vamos, y espero nadie se enoje aquí, no creo exista mejor tecnología que la voz humana y lo que nuestras manos puedan construir a partir de una donación del reino vegetal. Y cuando digo futuro hablo de eones por venir.

Me gustaría invitarte al ejercicio musical conceptual más profundo al que me animo en mi humilde vida. El amado Don Ata cuenta antes de tocar su Vidala del Silencio que una vez, en un país de montañas, alguien señalando a las nubecitas que estaban como prendidas del algún cerro le pronunció extrañas palabras: “Eso que usted ve ahí no son nubes, son vidalas olvidadas”. El amado Rudolf Steiner, en una conferencia sobre el pintor Rafael, decía que lo que hoy son sus obras de arte (y por lo tanto todas las verdaderas obras de arte) serán parte de la atmósfera de la tierra del futuro; lo que hoy es un cuadro o una sinfonía serán, en una tierra muy diferente a la que hoy habitamos, fenómenos climáticos.

Si llevamos esta idea más allá, podemos pensar que la metáfora no es una forma "ficcional" y embellecida de contar la realidad, sino que la realidad ya está construyendo imágenes vivas en el futuro, a las cuales un campesino o un iniciado pueden acceder por igual.

La música de Arvo está hecha de sustancia futura. Pero no seamos vanidosos, hizo falta mucha transformación para que las notas que viven en su alma contengan ese "germen amoroso de futuro". Por favor escuchen Silentium, Spiegel im Spiegel, Fur Alina, My heart is in the Highlands, Deers cry, etc.

Un fin de año, uno de esos antes de que el mundo se volviera tan extraño, traduje el discurso de Arvo aceptando un premio en una universidad. Todavía hoy, en estos días en que las noches son más largas, donde nuestro corazón es como un farolito de invierno capaz de iluminar e iluminarnos sólo si lo recordamos, si lo celebramos, siento el abrigo de éstas palabras que sólo pueden brotar de un alma purificada como instrumento para re-sonar. Y allí en el trasfondo, entre el discurso de Part y su música, parece re-sonar la advertencia: toda llama que no se aviva caduca.

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“Por favor permítanme algunos pensamientos de mi diario musical. En el monasterio de Puthitsa, Estonia: '¿Has agradecido ya a Dios por este fracaso? Estas palabras inesperadas fueron dichas por una niña, recuerdo exactamente. Fue el 25 de julio de 1976. Estaba sentado en el jardín del monasterio, en un banco, a la sombra de unos arbustos con mi cuaderno. ‘¿Qué está haciendo?’, preguntó la niña que tendría unos diez años. ‘Intento escribir música, pero no va bien´, dije. Y entonces las palabras inesperadas: ‘¿Has agradecido ya a Dios por este fracaso?’.

El instrumento musical más sensible es el alma humana, el siguiente la voz humana. Uno debe purificar el alma hasta que empiece a sonar. Un compositor es un instrumento musical, y al mismo tiempo el intérprete de ese instrumento. El instrumento debe estar en orden para producir sonido. Uno debe empezar con eso, no con la música. A través de la música el compositor puede corroborar si su instrumento está afinado y en qué tonalidad está afinado.

Dios teje al hombre en el vientre de su madre lenta y sabiamente. El arte debería nacer de una manera similar. Ser como un mendigo cuando se escribe música: lo que sea, como sea y cuando sea que Dios dé. No deberíamos afligirnos porque escribimos poco y pobremente, sino porque rezamos poco y pobremente, y tibiamente… y porque vivimos de manera incorrecta. El criterio debe ser en todo lugar y únicamente humildad.

La música es mi amiga, siempre comprensiva, compasiva, indulgente, consoladora. El pañuelo que seca mis lágrimas de tristeza, la fuente de mis lágrimas de alegría. Mi liberación, mi vuelo. Pero también una espina dolorosa en mi carne y en mi alma. Lo que hace sobrio y enseña humildad.

Gracias, perdónenme por favor.”

Arvo Pärt, mayo 2014

Songs of Leonard Cohen, Leonard Cohen

Como sol invernal

que abriga en vetas de calor

por entre un frío que nos ausenta,

las canciones poseen la cualidad de hacerse infinitas.

Cuidadosamente inconclusas.

Como Sol invernal

que ilumina opacamente,

venciendo la brumosa densidad atmosférica,

las palabras brillan solas entre esperanzas perdidas.

Trabajosamente ennegrecidas.

Un invierno solar es necesario en el alma del hombre que,

como un Caín de las letras,

espera el momento justo para decir sexo.

Un infierno moral es atravesado por aquel

admira a los santos,

no por sus acciones,

sino por sus sacrificios.

¿Quién es capaz de permanecer en calma

frente al panorama del infierno?

¿Qué susurró Lorca al oído de la guitarra arquetípica que blandía el hombre

frente al príncipe de sonrisa gélida?

¿Qué hora es demasiado temprana

para el que necesita la eternidad

para dar el siguiente paso?

Un teclado Casio,

un atuendo Zen

y una copa de vino sin terminar:

disfraz adecuado para engañar

al único asistente

de aquella fiesta voluptuosa,

en la que fue también anfitrión.

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