Julieta Rimoldi | La temporalidad del bosque

Instalada en la Patagonia argentina y a ocho años vista de Voy (2012), la compositora Julieta Rimoldi parió en cuarentena Señales de un mundo nuevo, un disco hermoso, trabajado sin apuro y con la colaboración de sus amigos históricos Marcos Rocca y Christian Van Lacke en la producción y arreglos.

Fotografía: Marito Calo


“Christian y Marcos me empezaron a mandar mensajes: ‘Dale, mandanos temas’. Yo venía atareada con la maternidad y mi vida cotidiana, y me costaba sentarme a recopilar lo que tenía. Finalmente empezamos a mandarnos. Fueron miles y miles de idas y vueltas en distintos formatos que no terminábamos de entender. Yo metida en este pequeño oasis que es el bosque en el que vivo y ellos en el medio de la ciudad con otro contexto". Así fue que Julieta Rimoldi empezó a trabajar en las canciones de Señales de un mundo nuevo, un disco macerado entre La Angostura y Buenos Aires, entre armonías y melodías nuevas que viajaron del bosque al barrio de Once, ida y vuelta, miles de veces hasta dar con la forma definitiva.


¿Cuál es la forma? "Tiene reminiscencias a toda la música que escuché hasta el día de hoy. Nos arriesgamos a hacer cosas diferentes”, dice una noche de martes vía Jit.si, reflexiva y repensando una vez más el recorrido. “Estuvo realmente bueno que ellos respondieron de una manera sorpresiva. Yo hubiera ido al lugar más seguro y ellos se fueron a otros lugares que me sorprendieron y en el transcurrir de las idas y vueltas fui entendiendo que tenía mucho que ver conmigo lo que estaban haciendo, pero se estaba corriendo del lugar que era seguro para mí".


Podríamos decir que este disco, a la vez que condensa gran parte de su historia con la música, deja escuchar el conflicto entre el bosque y la ciudad. Los versos de El bosque ("vos y yo en la ciudad sintiendo vacío / entre tanto gris nos confundimos") y de Fogón (curiosamente escrita por Van Lacke como obsequio y retrato de una vida que aún no tenían) lo confirman. Lo interesante es que no solo se trasluce a través de las letras, sino también en una música que a su filo orgánico le incorpora texturas que provienen de la electrónica. Ahí está la descollante Flotar en altamar, un aire de vidala escondido entre capas de guitarras con reverb, apariciones de slide, distorsiones pasajeras, colchones de teclados, juegos de voces y tempo liviano. Está cantada con la serenidad de quien pasó un chubasco grande y lo mira a la distancia. "Contemplo mi herida y quiero la vida", canta con voz franca y nervio folklórico.

El anhelo de vivir afuera de la ciudad está en los orígenes de la música beat-rock y -por supuesto- en nuestros señeros 60s y 70s. Desde Toma el tren hacia al sur (Almendra) a Una casa con diez pinos (Manal), del Blues del éxodo (Pedro y Pablo) a La raíz de todo (Gabriela) hay una larga tradición vinculada a huir del cemento que se inspiraba en la información que bajaba del norte del continente. Julieta nació en Ushuaia, vivió en Buenos Aires y en 2012 -junto a su compañero cantante y compositor Lucas Giotta- partieron a viajar por Latinoamérica interesados en sus músicas, ritmos y cosmovisiones. Al regresar, tuvieron un breve paso por Capital y finalmente se instalaron de forma definitiva en Villa La Angostura. Vienen a ser los hijos de aquella generación que viven lejos del mundanal ruido y desde allí escribe(n). Especialmente en este disco, se escucha que Rimoldi vive en el paisaje, lo observa, y al componer logra que esa temporalidad se traslade a su música. Es un diálogo que ya lleva en el cuerpo y no se fuerza. La temporalidad (¿lenta?, ¿ralentada?) de las canciones se parece bastante a la del entorno que la sostiene y acompaña.


“Vivir cerca de la naturaleza y en contacto cotidiano con ella hace comprender el tiempo natural, que no es lento”, marca. “Aceptamos los procesos. Todo tiene un proceso, no es todo inmediato. Tenés una huerta y esperás a que el alimento esté listo para poder comerlo. Nosotros con mi familia estamos todo el tiempo en contacto con eso. Llega el otoño y sabemos que es el momento de la cosecha y vamos a cosechar hongos, la zarzamora, la frambuesa, los arándanos, todos los frutos que podamos. Hacemos dulce y sabemos que eso nos va a acompañar diez meses. En el caso de los hongos, cosechamos para tener todo el año. Y esos son procesos que los vas viviendo cuando vivís en un lugar así. En una ciudad podés tener una huerta y vivirlo, pero lo difícil de las ciudades es que vos tenés que ponerle todo el tiempo un freno a lo que te rodea. Acá las estaciones tienen un tiempo determinado y son muy claras cuando aparecen. Y la naturaleza tiene su diálogo con los que vivimos acá. El año pasado tuvimos una nevada muy grande y nos quedamos sin agua, sin luz, sin calefacción, sin nada. No pudimos salir de la casa durante varios días y bueno… fue así, hay que bancársela. Hay que aceptarlo porque es parte de convivir con la naturaleza. Son modos diferentes de ver la vida. Los conflictos empiezan a pasar por otro lado, el tiempo empieza a ser otro y aceptás ciertos procesos de otra manera”.



Mundo nuevo. En 2008, luego de una etapa vinculada a la música experimental, Julieta editó junto a Las Buenas semillas Tierra. Es el primero de sus tres discos solistas y el que la ubicó en un lugar de privilegio en el mapa de la canción acústica que recobraba fuerza después de la tragedia de Cromañón. Con una voz dulce y muy afinada, a caballo de una tradición poderosa que contempla desde Violeta Parra hasta Gabriela, aportó la sensibilidad femenina en tiempos donde todavía las escenas estaban muy dominadas por hombres. Fue no fue hace tanto. Ella lo recuerda así: “Una vez me invitó Pablo Grinjot a una presentación en la Alianza Francesa. Todavía las mujeres no tenían tanto espacio. Esa noche tocaban él, Alvy Singer, Tomi Lebrero y Pablo Dacal. Me invitó a mí y mi sensación fue: ‘Soy la única mujer, ¿qué onda?’. Me sentí como muy expuesta, tan expuesta que la noche anterior me quedé disfónica ensayando. Sentía que tenía que estar a un nivel que no estaba, imagínate mi pensamiento. La poca confianza que me estaba teniendo es algo sobre lo que reflexioné después, nunca pensar que era un espacio que estaba abriendo o que era talentosa y por eso tenía el derecho a estar en ese lugar. Un montón de cosas me pasaron por la cabeza como para sentir que de alguna forma no me merecía eso. Esas cosas eran muy reales en ese momento”.


Las cosas están en pleno proceso de cambio y Julieta las observa atenta. El COVID-19 que azotó al mundo también es motivo de reflexión sobre los modos en que vivimos. La pregunta es: ¿la naturaleza como un gran supermercado al que seguir saqueando a caballo de una técnica que está haciendo estragos, o la naturaleza como nuestra casa a la que cuidar para vivir en armonía? “La realidad es que si la tecnología y el progreso nos lleva a cierto bienestar como mundo, lo entiendo y lo acompaño - empieza diciendo. No está bueno cuando sólo nos beneficia a los humanos. Eso es una ridiculez, porque los humanos sin el resto no somos nada. Por ejemplo, sin las abejas o sin cosas ínfimas que creemos que no sirven para nada y en realidad están creando un ecosistema que nos sostiene. Yo creo que es volver un poco a las fuentes y eso está pasando en el mundo. Muchas personas están volviendo a lugares naturales, preguntándose por la alimentación, por la crianza, por la forma de tener una soberanía en comunión con lo que nos rodea y no tan individualista, ¿no? Es recordar de dónde venimos”.


Abajo la charla completa recorriendo el disco.

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