Con el bombo y la palabra

Bárbara Aguirre es una artista popular. Donde pisa da testimonio de eso. Pateó el circuito cultural Barracas desde chica y a la par que caminaba iba amasando una manera de acercarse a la canción y a los géneros marginados. En esta conversación nos cuenta su historia (hecha de músicas de aquí, de allá y de todas partes) que es un poquito la de la cultura popular de Buenos Aires.

“Yo soy una cantautora que compone con el bombo con platillo”. Así, con sus propias palabras, podríamos empezar a pintar a Bárbara Aguirre. En esa sola línea está diciendo todo, porque el bombo con platillo no es cualquier instrumento: es de origen popular y porteño, lleva el ritmo y está fuertemente vinculado al cuerpo, tres características que se pueden asimilar perfectamente a esta compositora e intérprete que ha sabido meter las patas en la canción, la murga porteña, la experimentación vocal, la poesía cantada, el rock o el tango.


Psicóloga de profesión y con un trabajo vinculado lo comunitario, es el tipo de artista que sabe que allí donde pise está siendo testimonio de algo que la excede. En este momento tiene varios proyectos en paralelo: la agrupación de tango Las Orillas -con la que editó el disco Murga, Tango, Milonga y Candombe-, el dúo con Juan Lorenzo -juntos editaron El buen mal, que son composiciones propias ligadas a la canción, el folclore y la música rioplatense-, y el proyecto solista para el que “casualmente” terminó armando la banda La Soñadora, con la que se presentó hace unas semanas en Beboop. Eso sin contar la participación en Gualicho Turbio junto a Zelmar Garín y compañía. O sea, Barbi Aguirre es uno de los tantos canales por donde los géneros populares resurgen cada vez y se sobreponen a la larga historia de persecución y prohibición. Lo popular es un perfume del que no ha querido desembarazarse.


A continuación recorremos su historia y la de la cultura popular de esta ciudad. Hablamos de la intentona de la dictadura por hacer desaparecer la murga porteña y de su resurgimiento en los 90 con aportes como el de Coco Romero; recuerda la importancia de Susana Rinaldi en el reencuentro con su raíz musical; nos contagia el entusiasmo que le produce su nuevo proyecto La Soñadora y lo que siente cuando, al cantar un tango o alguna milonga olvidada con Las Orillas, se le acercan viejitas que le cuentan historias del barrio que renacen de la memoria del pueblo con cada golpe de parche.


- Hay una anécdota de la infancia que marca tu vínculo con la música. Tu vieja, por la crisis, tiene que vender todo, entre esas cosas una bandeja y los discos de vinilo. Y vos con el tiempo fuiste reconstruyendo quizás no esa misma discoteca que tenías de chiquita, pero sí tu vínculo con la música.


- Eso fue a mis casi 9 años y después vino el CD. Ahí empecé a bucear. Tenía muchos vecinos que me doblaban en edad y escuchaban Los Twist, Virus, música que a mí me encantaba nivel mil. Y por otro lado, yo estaba muy fana de Volver al futuro, que con toda la cosa de la temporalidad me hizo conocer a Chuck Berry y a todos los artistas de la época de los 50. Me acuerdo de ir caminando a Kuki Discos, en Constitución, y pedirle eso al señor de la disquería, que me re ayudó. Una vez le llevé una foto de Jem & the Holograms y le pregunté: “¿Hay música que sea parecida a la de esta chica?”. Me dio un disco de Siouxsie & the Banshees y me volví loca [risas]. La Melba la tengo asociada al 92 o 93, que me la pasaba en mi cuarto estudiando lo que era el rock nacional de Los Gatos Salvajes para adelante, sin saber que posteriormente iba a descubrir a Sandro, a Los Búhos, todas bandas de los 60 que eran de rock pero que no eran conocidas por la historia oficial. Bueno, todas esas investigaciones fueron parte de mi adolescencia, concomitante a mi fascinación por Prince. Mucho del early reggae, el tango, el candombe… Yo crecí con una comunidad afrodescendiente del Uruguay que fueron mis parientes, son mis tíos, mis primos. El 24 a la noche brindaba y me cruzaba, bailaba y tocaba el tambor con ellos. Y ya a los catorce años entré a la murga porteña. Yo tenía una vida muy activa entre el teatro y la murga, y aparte iba a recitales de rock todo el tiempo. Después dejé el circuito cultural Barracas, que era donde estudiaba teatro, murga, teatro callejero, y me dediqué a hacer música popular hasta hoy.


Bárbara dice que de lenguaje musical no caza un full. Sabe que es relativo, porque lo rítmico lo tiene en la sangre y las melodías de sus canciones hablan de un lenguaje musical desarrollado. “Mucho de la tímbrica y la escucha lo tengo”, reconoce.


-Tu lenguaje musical está muy pasado por el cuerpo. Es otro tipo de lenguaje musical, el de la calle, el de la noche y el de estar afuera; no es el de la perspectiva más académica.


-Hay algo respecto de la urgencia, hoy lo hablaba. Hay que salir con lo que se tiene. Yo crecí en mi familia con esa idea de pelearla con lo que hay. Elegí el teatro comunitario y la murga con esa idea: lo que vamos haciendo lo vamos compartiendo, no importa si está bien o mal. Hablábamos con Julieta Laso de eso, porque en el ensayo con La soñadora nos cargaban y nos decían: “Ustedes dos andan todo el tiempo tocando por todos lados”. Nosotras nos mirábamos y decíamos que no lo concebimos de otra manera, ¿qué, nos vamos a quedar en nuestra casa? Para mí es preferible ir a cantar con La Vidú la noche anterior a mi concierto, sé que eso me va a recontra cebar para el otro día. Eso lo sé internamente, porque tiene que ver con otro lenguaje, con otros compañeros y compañeras. Hay algo del contagio, del movimiento del cuerpo que no es menor. Ir a un lugar y poner el cuerpo… entiendo que el estudio es súper válido y súper respetable, pero al no poder en este momento tomarme un momento para estudiar lenguaje, me vinculo con personas para poder escuchar lo que pasa en la calle. Esa es mi visión [risas].


De los muchos proyectos musicales en los que está, tres de ellos requieren de mucho ensayo y eso no le gusta tanto. “Yo entiendo que sea así y me acoplo a eso, pero internamente no me gusta, no es algo que me divierta. Me gusta mucho el proceso creativo, descular una nueva interpretación para una canción que ya se hizo o componer algo”, reconoce. Hay una confianza total en la espontaneidad, a sabiendas de que también puede ser traicionera: “Hay una espontaneidad que me interesa guardar, que también tiene que ver con un no saber. Eso rige un poco mi vida, la posibilidad de escapar de las certezas. Cuando tengo mucha certeza de algo me preocupo porque me parece que es un signo de locura”.



La soñadora. Marcelo Barberis es un compositor de Pompeya y el cantor de tangos preferido de Bárbara. Hablando un día, ella le dijo que tenía ganas de hacer música que vinculara la relación de la naturaleza con lo urbano. “El malvón en el balcón -dice Aguirre. ¿Qué significa eso?”. La cuestión es que Marcelo trabajaba en mantenimiento de la Ciudad y, mientras caminaba por lugares que lo inspiraban, le mandaba mensajes de texto con citas poéticas que ella recibía entre paciente y paciente de día. El juego era ponerle melodía en tiempo real y lo que quedaba era una poesía cantada. Así arrancó su proyecto solista que tiene base en el bombo con platillo y la improvisación con objetos. Después se sumó La Soñadora, la banda integrada por músicos a los que admira, pero con la que tiene como premisa no desgastarse con mucho ensayo. “Con dos encuentros estamos bien. A cada instrumentista le dije: ‘Este es tu momento, rómpela toda’. Después es todo empatía y conjunción”.


“Hay una espontaneidad que me interesa guardar, que también tiene que ver con un no saber. Eso rige un poco mi vida, la posibilidad de escapar de las certezas. Cuando tengo mucha certeza de algo me preocupo porque me parece que es un signo de locura”.

- Vos sos una hija de la cultura popular y sos consciente de eso. Lo reivindicás y va más allá de la música, porque también lo desarrollás en la veta más vinculada a la psicología. ¿En qué momento te diste cuenta de que vos tenés que hablar desde ese lugar?


- [se sonríe] A mí mi madre me crió soltera. Alternaba con alguna niñera de vez en cuando y yo sabía que mi padre no estaba. Tenía un padre peñero, cantor, guitarrero, que podía estar en cualquier lado tocando mientras yo necesitaba hacer la tarea con alguien. Siempre nos manejamos. Había un cumpleaños y era “te puedo llevar, pero no sé si te puedo ir a buscar”. Hoy son cosas comunes, pero en ese momento, en 1981, era complicado. Entonces, lugares donde podía encontrar madres y padres sustitutos y situaciones comunitarias contenedoras fue en la calle, en carnavales, en centros culturales, en unidades básicas o en clubes de barrio. Todo en Barracas, que es donde me crié. Después, la curiosidad me llevó a estudiar en la EMPA, a estudiar Psicología, moverme en un plano menos popular y más de apuesta a la clase media, como una cosa más de proyección. Y ahí empecé a laburar más con el arte. Yo estaba haciendo folclore experimental, ¡una locura total!, y al guitarrista le agarra una especie de surmenage y se disuelve la banda. Justo en un cumpleaños yo canté unos temas y me encuentro a Susana Rinaldi que me tira un centro: “Che, yo voy a dar un taller de interpretación, ¿por qué no venís a compartir ahí?”. Fui.


- ¿A cantar qué?


- Yo había cantado tango de adolescente en los bares del barrio, por gusto nomás, pero lo había dejado. Cantaba en Los laureles, en La flor de Barracas, una cosa de barrio. Y fui con ella esa jornada, canté dos tangos que me gustaban mucho y ella al final me dijo: “¿Qué estamos haciendo que no estamos cantando?, ¿cómo puede ser?”. Y me preguntó: “¿Cuáles son las músicas que te conmueven para cantar?”. Ahí me remarcó que había algo de la identidad a lo que tranquilamente podía volver por más que me gustara Lauren Hill. Entonces, me puse a ver qué podía hacer y claro, la murga la había dejado, el candombe también, yo ya no estaba participando de ningún colectivo copado y ella me dijo que había que revalidar eso porque estaba bueno. Entonces, mirá lo que hizo: la loca me empezó a llamar una vez por día hasta que conseguí alguien que me acompañara y un lugar para tocar. Enganché un bar que reabría en mi barrio y ahí estuve todo el verano. Y ahí nació Las Orillas, que fue la agrupación donde empezamos a resurgir los ritmos rioplatenses tradicionales desde principios de siglo pasado hasta ahora. Si tengo que mencionar quién me marcó el camino en 2011 fue Susana. Me trajo con la identidad que yo no la estaba viendo, ella la vió y me la tiró por la cabeza.


"La murga porteña ha atravesado un montón de dictaduras, fue perseguida siempre. La época de oro fue con el peronismo y una vez que el peronismo fue proscripto eso se quemó y se perdió un montón de material riquísimo para ver qué carajo pasaba. No hay registro de eso y es todo transmisión oral".

Bombo con platillo y murga porteña. Aguirre relata que en todos los países que recorre con el bombo con platillo da cuenta de que no es un bombo legüero, ni es una caja chayera, ni es un bombo de cancha. "¡Es el bombo con platillo!, que es uno de los instrumentos emblema de nuestra ciudad, que fue eternamente marginal, perseguido por ser callejero y por guardar la crítica que hace la murga porteña, que fue mucho más marginal y no tiene la entidad que tiene la murga uruguaya. La murga porteña ha atravesado un montón de dictaduras, fue perseguida siempre. La época de oro fue con el peronismo y una vez que el peronismo fue proscripto eso se quemó y se perdió un montón de material riquísimo para ver qué carajo pasaba. Yo toco con Las Orillas y vienen ancianas y te dicen que recuerdan su carnaval de antaño, y te cuentan una película que vos no tenés ni idea porque no hay registro de eso y es todo transmisión oral. Te cuenta que cerraban cinco cuadras con lonas y cobraban una entrada de 10 pesos de hoy para que la gente entre, y había orquestas de tango, números humorísticos, murga porteña y música para bailar. Entonces, vos entrabas en una de ensueño total, en la calle y con lonas, un bailongo al aire libre. Y eso fue entre el 45 y el 55. Todos los relatos coinciden en esa época.


- Es patrimonio cultural que pervive en la memoria de aquellos que lo pudieron vivir. Es inmaterial y que no exista registro forma parte de una estrategia deliberada, ¿no?


-Sí. Hay un bailarín que se llama Pantera, de Los Reyes del Movimiento, que cuenta cómo en los 70, con la última dictadura militar, le tiraban balas mientas iban bailando. Al mismo tiempo, misteriosamente, sospechosamente, se baja una línea del carnaval de Brasil que impregna en Corrientes, en Gualeguaychú, en los corsódromos. Yo me acuerdo que de chica, antes de integrar Los descontrolados de Barracas, había una comparsa en mi barrio que tenía ritmo brasilero y yo bailaba pasos brasileros. No digo que tendría que haber bailado murga porteña, pero creo que hubo una estrategia de bajar otra data que no sea la de la crítica de la murga porteña, que concientizaba a la gente de algo que estaba sucediendo. Es muy llamativo. En los 90, Coco Romero da esos talleres en el Rojas concientizando que había una cuestión cultural pendiente con la murga porteña y un montón de profes salieron de ahí, fueron a los barrios y uno me tocó a mí en Barracas. Felix Loiácono, un gran poeta, también empezó a dar en Pasión quemera, Los Quitapenas, todo un revival de esa época que estuvo bueno… Zelmar [Garín] con Sacate el almidón. Cosas de los 90 que estuvo bueno reivindicar y hoy las nuevas generaciones están metiéndole a full. Los murgueros se acercan a la música y muchos músicos se acercan a la murga que era algo que no sucedía.


- Hay un espíritu crítico de esa murga que en tus composiciones subsiste: “Hambre que se come el hambre / fuerte que se come al débil / formas de permanecer”. ¿El arte lucha contra eso y gana esa batalla?


-Mirá, el otro día escuchaba a una socióloga que hablaba de China y decía que allá había no sé cuántos millones de graduados por año y acá el 50 por ciento de la población de clase media baja no había terminado el secundario, ¿no? Pero, sin embargo, era positiva en que las luchas populares, las organizaciones populares y comunitarias, de 2001 para acá estaban teniendo una creatividad espontanea en términos de poder alojar ahí a la juventud, cosa que el ámbito educativo no estaba pudiendo hacer. Entonces, si lo pienso desde ese lugar hay algo de la cultura popular que siempre está dando una batalla sin pausa. Han pasado cosas terribles en nuestra historia, la de Cromañón fue muy heavy, y eso ha echado luz sobre otras cosas, por ejemplo la cuestión cantautoril, desde dónde nosotros vemos el trabajo musical, un montón de cosas. Y obviamente las organizaciones populares deben guardar un poco la empatía con lo cultural. ¿Qué pasa con una persona que es inmigrante? ¿Qué pasa con una persona que necesita el uno por uno? Yo soy psicoanalista y creo que hay que espacios donde se pueda desarrollar esa subjetividad. Para mí ese es el gol a nivel gubernamental. Si uno gobierno promueve que alguien pueda visualizarse subjetivamente en relación a una comunidad, ¡chapeau!

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