Boccanera | Parte 02

Segunda entrega de la entrevista que realizamos al poeta Jorge Boccanera a propósito de la edición de su Suma poética bajo el título de TRÁFICO/ESTIBA.


Fotografía: Luciana Capelli

Recorrido # 2 | Exilio - periplo por Latinoamérica - Perú y Guayaquil - "el problema centroamericano" - la amistad con Juan Gelman.


- Recién, cuando hablabas de TRÁFICO/ESTIBA dijiste que primero te aparece el sonido…


-Pero esperá que te termino esto, un cachito… Fijate que yo gano el premio Casa de las Américas y publico Noticias de una mujer cualquiera (1976), publico Música para fagot y piernas de Victoria (1979)… O sea, después de Contraseña (1976) salen dos o tres libros con poemas de amor. Y eso que yo ya estaba entrando en Nicaragua, viéndome con los exiliados salvadoreños. Porque yo me fui de acá a pie, tardé seis meses en llegar a México.


- ¿Cómo a pie?


- Es una forma de decir. Cuando iba a Crisis una vez lo engancho a [Eduardo] Galeano, que estaba saliendo y cerrando. Lo había visto una vez en mi vida. Él tenía 35 años, pero empieza a los 14, o sea que para nosotros era un viejo. Y le digo: “Eduardo, me voy a ir”. Y me dice: “Nos vamos a ir todos”. Ya habían secuestrado a [Haroldo] Conti… Él me daba la idea de que la revista iba a seguir y yo, que no era periodista, le dije: “Yo quiero mandarte notas de afuera” [risas]. ¡Mirá vos! Estamos hablando de mayo del 76. Yo me fui en junio y Crisis duró hasta agosto del 76. “¿Qué te puedo mandar?”, le dije. Y él en la calle me dice: “¿A dónde vas?”. Yo pensaba que iba primero a Bolivia. “Mandame una entrevista al gran escritor boliviano Augusto Céspedes y andá a ver a los líderes mineros de la Mina Siglo XXI, una de las minas más grandes de cobre…”. Y yo anoté. ¡¿Qué iba a entrevistar yo a esos tipos si no sabía un carajo?! Pero lo tomé como una misión. Y había un tipo que había estudiado conmigo en la secundaria, que estudiaba cine y también se quería ir. Pero claro, no era como otros tipos… Por ejemplo, Los Montos, aunque todos se fueron corridos, había una cosa como de comunidad Monto, donde llegabas y te ayudaban; el PRT lo mismo. Yo llegaba solo. Con este pibe íbamos a ir por Bolivia y él tenía una tía en México que nos podía ayudar, pero yo no tenía guita. Había ganado el premio Casa de las Américas que era 700 dólares o 1000 dólares, no me acuerdo. Le di una guita a mi vieja, que tenía una tejeduría que se llamaba Trilce -que después tuvo que cerrar- y me fui con 200 dólares. Yo había conocido acá a un poeta que sacaba una revista y hacía cosas, Edgar O’hara. La familia tenía guita. Ese muchacho me dijo: “Vení acá” [a Perú]. Y Santoro, el escritor que desapareció, me dijo: “Si vas a Perú yo tengo unos amigos que son del Grupo Intelectual Primero de mayo y te van a ayudar, están en la sierra peruana”. Y marché para allá. Llego el día del campesino. Me organizan para dar una lectura en la Biblioteca Nacional y cuando voy habían puesto una bomba. Salgo y hay un grupo que me espera, unos tipos aindiados, y me dicen: “¿Usted es Boccanera? Lo venimos a buscar porque somos del grupo Primero de mayo”. Era un grupo que parecía un sindicato: tenía un Secretario General y eran autodidactas. El secretario era Victor Mazzi, un tipazo, un albañil que andaba sin laburo y vendía libros en una carretilla en una universidad campesina que se llamaba La Cantuta, en Chosica. Entonces, me llevan a la sierra peruana. Y ahí aparece un gran poeta peruano, Arturo Corcuera, que se enteró que había ganado el premio Casa de las Américas. Era un premio muy importante en ese momento por los jurados que tenía, no te olvides que estaban Rulfo, Onetti, Carpentier, Lezama Lima, una cosa de locos.


- ¿Y vos lo ganaste con veinti…?


- Yo iba a cumplir 24. Entonces, Corcuera me dijo que me iba a organizar ocho recitales desde Iquitos -el Amazonas- hasta Machu Pichu. Un tipazo, nos hicimos muy amigos. Y justo asume el general Morales Bermúdez, implanta el estado de sitio y se cayó todo. Yo me quedé 40 días en la sierra. Y esa universidad me impresionó porque un lateral del edificio era toda la cara del Che Guevara [risas] y estaba llena de grupos peruanos maoístas, un quilombo político. Bueno, me ayudaron. Y el rector de ahí -que estuvo mucho tiempo exiliado en China- era un escritor muy popular sobre todo entre los jóvenes que se llama Oswaldo Reynoso, un narrador que hablaba el lenguaje de los pibes y que cuando volvió de China se hizo muy popular, más popular que Vargas Llosa. A Vargas Llosa no lo quiere nadie en Perú. De ahí me tomé un colectivo, pero primero empecé a visitar escritores poetas. Se dio que quería conocer a Alejandro Romualdo, un escritor de peso que había sido jurado en el premio Casa de las Américas, conocí a [Antonio] Cisneros, conocí a [Javier] Sologuren y a Gonzalo Ros. Y Cisneros me preguntó por qué no hacía periodismo y yo le dije que no había estudiado periodismo. Y me dijo una cosa que me empujó y me habilitó: “Va a ser tu punto de vista”. Y empecé a hacer notas. Una de las que hice fue una entrevista a Cisneros larguísima que para mí es una de las mejores que hice y la que más me sirvió. A mí me encantaba la ironía de Cisneros. Ahí descubrí que también yo tenía ironía. Tipos así te habilitan, más que influenciarte te habilitan. Él escribió un libro que se llama Como higuera en un campo de golf, ¡hay que leerlo! Es un tipo que viene de la literatura inglesa, una oralidad… Por ejemplo, un poema de amor dice: “No me aumentaron el sueldo por tu ausencia / sin embargo / el tarro de Nescafé me dura el doble / el triple las hojas de afeitar”. ¡Ooh! [risas] Vos venís leyendo y decís: “¡¿Qué es esto?! Yo estaba acostumbrado a otra poesía”. Y de ahí me tomé un colectivo y me fui a Guayaquil, que era un puerto donde se peleaban todos en la calle, parecido a White. Ahí estuve con unos titiriteros. Todo eso fue un aprendizaje. Vivía en un barrio que se llamaba La cuchillada. Con estos titiriteros íbamos a los barrios, escribía cosas. El que dirigía ese grupo Títeres El Gorrión, se llamaba Olguín. Y de ahí me dicen que había un congreso en Panamá por el tema del Canal y la soberanía de los pueblos. “A mí no me invitó nadie”, dije. “Vos andá y decí que te dije yo que vos vayas”. Eso me dijo un escritor que se llama Cristóbal Garcés. Cuando llego a Panamá no me dejan entrar, yo no tenía boleto de salida ni nada. Me miraban y pensaban: “¿Y este boludo?” [risas]. Claro, como era pibe… Aparte en medio del calor yo estaba vestido con una campera verde, unas botas con corderito, tenía barba… Estaba vestido para el polo en medio de Panamá, con un calor bárbaro y con una valija llena de libros que me iban regalando. Parecía un loco. Y en un momento el tipo me dice: “Ma sí, entrá”. Y me tomé un taxi y sabía que el congreso se hacía en el Palacio Constituyentes, o algo así, y me mando. Y cuando llego había un tipo barriendo y le pregunto: “¿Acá hay un encuentro de escritores?”. ¡Mirá qué ingenuidad! “Creo que sí, pero ahora se fueron a comer. Sientesé”, me dice el tipo. Y pasa otro tipo y me pregunta quién soy, le digo mi nombre, que soy escritor, que salí de Argentina por la situación política, y me dice: “¿Usted ganó el premio Casas?”. Era escritor también y me dijo que el que organizaba todo era [Rogelio] Sinán, que era un petiso de cabeza brillante, lustrosa, pelado, que era el Borges de Panamá. Un tipo que había publicado su primer libro en Roma a los 20 años y había escandalizado con poemas eróticos. Era novelista, muy reconocido. Aparece el tipo con un grupo que venía de morfar y yo le cuento que me había enterado del Congreso y que venía denunciando la dictadura argentina. Me preguntó dos cosas, saca una tarjeta del Hotel Caribe y me dice: “Vaya, todo pago”. ¡Me quería morir! Y me mete adentro del Congreso donde estaban Mario Argueta -íntimo amigo de Dalton-, Joaquín Gutiérrez de Costa Rica -íntimo de Neruda que había sido en el Chile de Allende editor de la editorial Quimantú, que vendía libro a dos centavos para los obreros-, y Gregorio Selser -periodista de investigación antes que Walsh -. Juan Gelman decía que a él lo entusiasmó mucho para meterse en la militancia El Guatemalazo, un libro de Selser. Entonces salí de ahí con un montón de amigos. De ahí me fui a Costa Rica por Jaoquín, ahí conozco a los nicaragüenses y empiezo a dar recitales con Gioconda Belli, una mujer hermosísima…


-¿Eran recitales a los que asistía mucha gente?


- Más o menos, eran recitales universitarios. Yo llegué en agosto del 76 y Cortázar había llegado en abril. Él entra clandestino, es el viaje famoso a Solentiname, ¿viste? Él entra clandestino, lo llevan desde Costa Rica en una avioneta. Y ahí te diría que yo empiezo a conocer el problema centroamericano: salvadoreño, guatemalteco, conozco a comandantes, a tipos políticos, a intelectuales, estaban todos juntos. El tipo que escribe la biografía de Darío -Edelberto Torres- juagaba ajedrez con en Che en Guatemala. Se da que voy conociendo a la gente que tengo que conocer, no sé.


- ¿Y vos pensás que eso está habilitado por tu poesía?


- No sé por qué. Eso que decís vos es la primera vez que se me ocurre, porque era esta poesía, tampoco era Rimbaud, qué sé yo. Joaquín Gutiérrez, este que te digo que dirigía Quimantún, que aparte era amigo de Ho Chi Ming, que era autodidacta y tradujo a Shakespeare; él veía que yo no tenía un mango y me manda un tipo que después estuvo en la guerra nicaragüense que se llamaba Rodolfo Dada, poeta y premio Nacional de Literatura Infantil en Costa Rica. Con ese tipo nos hablamos todos los días, y me llevó a la casa a vivir con él. Toda esa gente pasó a ser mi familia hasta hoy. Así como con Gelman seguimos 40 años juntos, con ellos también se dio una continuidad. Y la amistad hay que mantenerla. Lo mismo con Silvio Rodríguez, el otro día hablamos a ver cómo andaba la hija. ¿Por qué? Hace 40 años que nos conocemos y hay algo que te mantiene unido también, porque él se separó hasta de Pablo Milanés. ¿Por qué? Por ideas. Lo mismo con Víctor [Rodríguez Núñez], yo lo conozco desde que tenemos 20 años y ahora tenemos 60 y pico.


- ¿En dónde lo conociste?


- Se hace un congreso de jóvenes escritores en Cuba.


- Ah, ¿lo conociste cuando él aún vivía en Cuba?


- Claro. Yo llego y él había escrito una nota sobre Contraseña. Y nos hacemos amigos. Tengo la suerte de llegar a Cuba por primera vez, llego al aeropuerto, me reciben, me llevan a una fiesta, me sientan y ¿quién estaba? Nicolás Guillén. Yo, que era un boludo que venía de Argentina, de repente sentado con Nicolás Guillén, y estaba Carlos Puebla que cantaba “Comandante Che Guevara”. Me acuerdo siempre porque tenía unas orejas así alargada. De golpe estás ahí, ¿qué te lleva? No sé.


- ¿Y a Gelman cómo lo conociste?

- En una cita casi clandestina.


- ¿Cómo es eso?


- Mi situación era distinta a la de él. Él era un hombre más grande, metido en la militancia, con una trayectoria periodística. Yo estaba empezando, había hecho un grupito literario con el que sacábamos una revistita, escribía cositas, hacía los pininos de escribir algo… un proto periodismo, no sé cómo llamarle. Era una época de muchas revistas literarias. Esa es una cosa que noté: ahora cuando se junta la gente joven no trata de hacer una revista, trata de hacer una editorial. Nosotros hacíamos revistas con la idea de hacer un debate político, me parece. Ya ves, El escarabajo de oro que discutían a Sartre, etc, etc. Entonces, fui a Crisis con mi primer libro [Espantapájaros suicidas, 1974]. Me acuerdo que estaba [Mario] Benedetti y hablé un poco con él, pero yo lo buscaba a Juan. Y Juan ya iba menos porque estaba complicado. Pero lo enganché. Yo no había visto una foto de él y entró un día un tipo apurado y se metió en su oficina. Y yo dije: “Para mí ese”. Y le dije: “¡Juan!”, y ahí charlamos. Y se dio enseguida una cosa muy interesante en esta circunstancia donde también todos sospechábamos de todos, ¿viste? Ya habían desaparecido Roberto Santoro, Haroldo Conti y una serie de gente amiga también mía. Y empezamos a tener un conecte ahí, no muy asiduo. Yo alquilaba con un fotógrafo que nos hacía la revista una piecita en una pensión en la calle Paraguay. Yo era pibe, había quilombo con la Triple A y el quilombo que teníamos todos. Yo también venía de la militancia, pero de una organización que se había dispersado porque cayeron los cabezas. Era una organización más ligada a la formación de cuadros que había realizado alguna opereta pero no las firmaba.


- ¿Extracción de izquierda o peronismo?


- Las FAL, Fuerzas Armadas de Liberación. De izquierda. Empieza como una cosa de formación de cuadros, que era lo que a mí más me interesaba, pero claro, se acelera el tema de las organizaciones armadas y se empiezan a ir los tipos. Cuando salen los líderes de las FAL, todos se van para ahí [para la lucha armada], mueren siendo militantes del PRT, por ejemplo. Y yo me quedo rezagado porque estaba en el plano gremial, me interesaba mucho la figura de Tosco, y empiezo a pensar para mí… No sé si esto te interesa…


- Sí, me interesa, claro.


- ¿Entonces qué pasa? En el 73 yo estuve en la colimba. Después había dado alguna materia introductoria a la psicología, pero la universidad para mí era algo lejano. Y había mucha militancia en la universidad que yo veía que estaban meando fuera del tarro en ese sentido, muy apurados; con mucha buena voluntad, mucha entrega, pero no era joda. Acá no te enfrentabas a la guardia de [Anastasio] Somoza, te enfrentabas al Ejército Argentino. Me parecía que había que manejar otros tiempos, yo lo pensaba así. Y yo era gremialista, estuve con los plásticos, trabajé en la Junta de Granos en el puerto, fui delegado. Me parecía que había que manejar una cosa más amplia y no lo que pasó, que los Montos se autocladestinan [sic]… Todo eso que después hicieron una autocrítica.


- Hay un libro de Gelman donde esboza una autocrítica…


- Es una entrevista que le hace Roberto Mero. Le dice “boludo” en la entrevista. Y Gelman le dice en un momento: “¿Por qué me decís tanto boludo?”, porque él no estaba acostumbrado. “Los jóvenes hablamos así”, le dice Mero [risas]. Me llamó la atención porque me lo imagino a Juan diciendo: “¿Por qué este pibe cada dos minutos me dice boludo?” [risas]. Gelman hizo siempre su autocrítica. Él venía del marxismo, era FAR. Y las FAR eran marxistas, estaban con Quieto, Olmedo… Y se meten con los Montos porque se suponía que iba por ahí. Mi familia no era peronista ni era antiperonista, no había una posición. El padre de mi mamá era griego y cuando vino acá tuvo cierta participación política en La Rioja. Mi mamá me contaba que le llevaba cosas a los presos políticos. En esa época eran anarquistas o socialistas, y yo intuyo que él no era anarquista, creo que era socialista, y si no era socialista era del radicalismo primero que hasta tuvo gente que tomó las armas para defender a Yrigoyen. No sé si me viene de ahí, pero siempre me sentí identificado con una forma de pelea y reclamo popular. No había nadie peronista en mi familia, pero nunca fui antiperonista. Nunca. Me interesaban figuras como [Agustín] Tosco y él se acercó al FAS -Frente Antiimperialista por el Socialismo-, siempre fue independiente y un dirigente del carajo. Me interesaba más eso que un tipo universitario que tiraba línea. En definitiva, a Juan lo engancho con gran inconciencia y él me dice que va a venir a una reunión de la revista. Éramos cinco y el tipo viene. En ese grupo estaba María del Carmen Colombo, el diseñador Gabriel Desiderato, Vicente Muleiro… Y les digo así como al pasar: “Va a venir Juan Gelman”. Y se me cagaron de risa. A las diez de la noche salgo a la puerta y veo un tipo que viene tapado así [como cubriéndose con el sobretodo], sin paraguas, bajo la lluvia. Llovía muchísimo. ¡Lo buscaba la Triple A! Tremendo. Fue muy interesante conocer a un tipo no en el Café La Paz, sino en esas circunstancias. Y nos quedamos en esa pieza charlando y tomando mate hasta las 5 de la mañana, sobre poesía, sobre la situación política un poco menos… Hablábamos sobre poesía y se escuchaban las sirenas policiales. Era una cosa loca, pero uno lo vivía con cierta naturalidad. Cuando lo pensás lejos en el tiempo decís: ¿Yo no me daba cuenta que estaba la muerte ahí al lado? Todo era un quilombo y uno estaba… [larga pausa]. No esperábamos un golpe. Había gente que ya sabía, pero nadie imaginaba… Los que pensaban que iba a haber un golpe no pensaban que iba a ser de esa manera. Bueno, y ahí yo le dije a Juan: “Yo voy a escribir un libro sobre vos”. Yo no escribía un carajo, había algunos poemas de él que me gustaban, inclusive cuando leí Relaciones -que hoy considero que es uno de los grandes libros de él- dije: “¡¿Qué carajo está diciendo este tipo?! No lo entiendo. Ya no me gusta”. Pero ya nos pegaba bastante, en su generación lo miraban con respeto. Juan había estado preso ya con el plan CONINTES en los 60. Bueno, ese encuentro fue bárbaro. Teníamos una puerta sellada que daba a otra pieza que alquilaba un plomero. Y este amigo mío diseñador la había pintado de blanco y le hizo firmar ahí “Juan” con una carbonilla y quedó en la puerta. Y este tipo antes de irse de la pieza, la calcó y se llevó la firma calcada [risas]. Y después de ahí, Juan, según interpretan algunos, se va al exilio. Juan no se exilió.


- ¿Ah, no?


- Juan estuvo adentro de forma clandestina ese año, todo el 75.


- ¿El encuentro con el grupo Ladrillo fue en el 74 o en el 75?


- Más o menos fines del 74, principios del 75. Pero los Montos dicen: “Tenemos que mandar un tipo afuera”. Era para hacer laburos de solidaridad y yo no sé si no iban a mandar a [Francisco ‘Paco’] Urondo. Y lo mandan a Juan. Por eso te digo, Juan no se fue al exilio, para mí los Montos en un momento lo mandan a hacer una tarea. Si no fuera que lo mandaban no se iba, no se exiliaba. Es más, él vuelve dos veces. Es decir, cuando los milicos creían que estaba adentro, él se había ido; cuando los milicos decían que estaba en el exilio, él había vuelto. Venía caracterizado como un profesor francés. Dos veces entró.


- ¿Ya después del 76?


- Claro. Y estaba el cartel con las fotos que dice: “Buscados”. Había seis Montos, entre ellos Juan, y dice Pedro, que era su nombre de guerra. Bueno, la historia de Juan es larguísima. Ahora estaba viendo los proyectos a futuro y entre ellos tengo un libro sobre Juan. No va a ser una biografía ni nada. Está dividido en tres partes y posiblemente se llame Encuentros con Juan Gelman. Una parte son unas 20 o 25 entrevistas que tengo con él. Otra son artículos críticos que escribí después, porque después yo encontré poemas inéditos que él ni sabía dónde estaban, cosas que aparecen ahí. Han salido muchos libros colectivos sobre Gelman en Uruguay, en Francia, en España y en México, por eso tenía otros textos dando vueltas. Y el tercer capítulo sería los encuentros con él, los viajes que hicimos. Por ejemplo, le hacían un homenaje en Salamanca y había que dar un seminario o una charla inicial, y viajaba yo con él. Nos conocíamos mucho.


(Contunúa en Parte 03)

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