Oscar Cuervo | Arte y verdad en capítulos

Esta es una serie de reflexiones vía whatsapp realizadas por Oscar Cuervo al aire de Patologías Culturales (FM La Tribu 88.7). Es un lujo que pocos programas de radio se pueden dar. Comienza pensando la pandemia y termina recordándonos por qué son tan importantes lxs artistxs para nosotrxs. Todos los capítulos para escuchar acá.



La presencia de lo filosófico en el programa no pocas veces viene de la mano de Oscar Cuervo. Con él, a lo largo de los años, nos preguntamos qué la filosofía, estudiamos a Nietzsche por capítulos, nos fuimos al siglo IV a.C. para rescatar a Sócrates y la pregunta por la verdad, pensamos el proceso a Galileo en el siglo XVII y asomamos al pensamiento de Sorën Kierkegaard.


Entre abril y mayo, transitando el ASPO, le propusimos pensar en el arte y la verdad a partir de una serie de asociaciones libres que me llevaron de Spinetta a Artaud, Van Gogh y los setenta; y de allí a la confianza ciega con que -parece- nos entregamos a la técnica y a los avances científicos. Inmediatamente me acordé de El origen de la obra de arte, la conferencia de Martin Heidegger de mediados de la década del 30 en la que trabaja sobre el cuadro de los zapatos de la labriega de Van Gogh. Con esas coordenadas algo confusas que le di, Oscar encontró un hilo conductor que pasa por el mandato del funcionamiento total, el arte, el arraigo, el poner en obra y la verdad como algo que acontece y no se inventa. ¿Cómo es posible? Hay que hacer click en cada episodio y transitarlos. Vale la pena el recorrido.

I. ¿En qué momento nos olvidamos que el mundo es un lugar inhóspito?

“La filosofía es todo lo contrario a dar respuestas apresuradas y hacer predicciones. Hoy la sociedad espera respuestas rápidas de la ciencia y la tecnología, y esa demanda es tan comprensible como la prudencia con la que los auténticos investigadores científicos responden a estos apuros. Esa prisa por responder inmediatamente no debería ser la función de la filosofía. Los filósofos que se apresuran a predecir tal cosa o tal otra no marchan al tempo de la filosofía, sino al de la mercancía y en eso no difieren de la columna de opinión de un periodista. La auténtica filosofía se caracteriza por la espera paciente de la manifestación del fenómeno ('el búho de Minerva inicia su vuelo al caer el crepúsculo') y no puede predecir nada. Sus notas distintivas son la lentitud, la cautela, la espera de las fuerzas que se van manifestando. Escarba y pone en entredicho sus propios fundamentos. Es llamativo este elenco de opinadores que corren a sentenciar tras la primera noticia. Esta corrida es al mismo tiempo la huida desde filosofía hacia la opinión. Son tan poco relevantes como cualquier panelista de tv. En otros tiempos se los llamaba sofistas”.


II. Poner en obra

“Lo que Heidegger está intentando hacer [en El origen de la obra de arte] es una operación bastante ambiciosa para la historia de la filosofía, porque estaba bastante asentado que la verdad es una correspondencia, una coincidencia, una adecuación de las ideas que nosotros nos formamos con las cosas que están en el mundo exterior. Es decir que si mi idea concuerda con lo que la cosa es, entonces mi idea es verdadera. De ahí se desprende una noción de verdad que en filosofía se conoce como adecuación y tuvo muchísimo consenso. Tiene tanto éxito que hoy casi se convirtió en sentido común: algo es verdadero si lo que dice es lo que pasa”.


“Heidegger se detiene en la posibilidad de que la obra de arte ponga a trabajar la verdad. Con esto se está diciendo que la verdad no es algo estable, un reflejo en que mi mente representa la cosa ante la cual estoy, sino que la verdad es un movimiento, es poner manos a la obra. Es decir, es un proceso y un proceso que yo no domino del todo. La verdad es desencubrir lo que está oculto”.


“La verdad es algo que se pone en obra cuando se cae un velo. Cuando se filtra la luz por una hendija. Cuando irrumpe lo que no esperábamos. Porque ante lo esperado no hay verdad, hay una confirmación de nuestro sentido común. Cuando irrumpe eso para lo que no estábamos preparados, entonces ahí la verdad acontece. La verdad pasa cada vez. Me asalta, me sorprende, me desafía. No es una invención”.


“El arte tampoco es una invención, según el punto de vista osado que propone Heidegger. En un cuadro de Van Gogh no se encuentra ni una representación fiel de los zapatos del labriego, ni tampoco algo que Van Gogh inventa. Se produce un poner en obra la verdad, es decir una verdad que me sorprende como me sorprende una pregunta o como me podría sorprender una interrogación que me inquieta. En el arte hay experiencias así. A mí me sucedió con Artaud de Spinetta. Nos confrontamos con algo para lo cual no estábamos preparados. Se nos aparece de pronto y después eso nos deja una huella. Es una huella profunda que persiste y a mí me modifica. Esa huella es verdad y a la vez es mía. O yo soy de ella, porque yo empecé a ser otro después de escuchar Artaud. Por supuesto, eso no pasa todo el tiempo”.


III. Funcionamiento y terror en la apoteosis de las máquinas


“Van Gogh era un hombre desesperado que se dio cuenta diez años antes de moriri -a los 27- de que su misión en la vida era pintar. Ese descubrimiento tardío de la vocación nos produce una especie de extrañeza, porque pensamos que los grandes genios se manifiestan en su talento desde chicos”.


“El siglo XIX es el siglo de la Revolución Industrial. Es decir que el impresionismo de mitad de siglo XIX coexiste con la llamada RI que es la apoteosis del mecanicismo, el reino de las máquinas. Tenemos que pensar a Van Gogh en un mundo donde lo que más se aprecia no son las obras de arte, sino las máquinas. Y simultáneamente con eso aparecen una serie de personajes malditos: Baudelaire, Rimbaud, Verlaine, Niezstche. Lo malditos del siglo XIX para mí nunca fueron individuos que aisladamente tuvieron un problema mental o social o psicológico o psiquiátrico, sino que me parece que todos ellos al mismo tiempo anduvieron por ahí padeciendo la incomprensión, la indiferencia o la hostilidad de la sociedad. Eso me llama mucho la atención”.


“Yo siento que el imperativo del funcionamiento total está completamente asociado con el terror. Constantemente estamos acechados por fantasmas de que por alguna razón todo deje de funcionar. Esto se hace más patente en días de pandemia cuando el mundo parece dejar de funcionar. Y en medio de eso… el arte”.


IV – El mandato del funcionamiento total


“Hay un imperativo, una orden, de que todo tiene que funcionar, de que nosotros mismos nos tenemos que obligar a funcionar, a ser funcionales. Como este mandato es tan totalizador y la tecnología nos da esa impresión tan arrolladora del funcionamiento de todo, nos parece que el arte para ponerse a la altura de los tiempos también debería funcionar. Sin preguntarnos por el origen de la obra de arte. ¿La obra de arte puede cumplir con este mandato de nuestra era? ¿No estaríamos violentando al arte si le exigiéramos funcionar de la misma manera que se lo exigimos a la naturaleza, a los ríos (y nos entreguen energía), a los bosques (y que nos entreguen madera), a los campos y a nosotros mismos? ¿El arte no será eso que se resiste al funcionamiento? ¿Pedirle al arte que funcione no será violentarlo?”.


Heiddegger: “Todo funciona, esto es precisamente lo siniestro. Que el funcionamiento siempre lleva a más funcionamiento. Y que la técnica arranca al hombre de la tierra cada vez más y lo desarraiga”.


V- ¿Cómo obra la mirada del artista?


“Parece tan sencillo aquello por lo que está preguntando Heidegger que se nos escapa. ¿Qué puede tener de extraordinario, de asombroso o de digno de pensar el cuadro? ¿Acaso no hemos entendido desde hace rato lo que es un cuadro, incluso un cuadro de Van Gogh?”


"Esta forma de preguntar es la propia de la filosofía: hacernos aparecer como extraño lo que en nuestra vida aparece como habitual. Por ejemplo, una obra. ¿Qué tiene de particular la forma de existir de una obra y en qué se diferencia de la forma de existir de otras cosas? ¿Cómo existen las cosas? ¿Podemos pensar al cuadro como cosa?".


“El cuadro no es una cosa, es una obra. En la misma palabra que utilizamos hay una indicación en la que no nos ponemos a pensar. Si llamamos obra a la obra de arte es porque está implícito que en ella hay algo que obra. Algo que está actuando como obra. Y no es porque ahí estuvo el artista trabajando, como podría estar trabajando un artesano carpintero que está construyendo una mesa. Es verdad, el artista estuvo trabajando para hacer un cuadro y sin embargo una obra de arte no es una mesa. La mesa es un útil y la obra no es un útil. Aquí empieza a tallar la decisión de Heidegger de elegir el cuadro de los zapatos de la labriega. Los zapatos para la labriega son útiles. Tanto más útiles son cuanto menos tiene que pensar ella en los zapatos”.


“El mundo de la campesina está presente en estos zapatos. El artista en su mirada ha colaborado en obrar en algo que él no inventa, que es el mundo de la campesina, pero que hace salir a la luz de una manera que hasta ese momento, sin su artista, no se podía ver. Estaba ahí sin poder verse. No se trata de un invento o una creación desde la nada, o una ocurrencia de Van Gogh. Se trata de una mirada que deja ver algo que estaba oculto. Y Heidegger se acopla a esta obra con su propia meditación donde se está preguntando qué hay en la obra. Y lo que encuentra es que en esa mirada se abre un mundo inadvertido, pero, de alguna manera, obrante”.


“Heidegger está señalando una falla, una grieta, en la mirada sobre el avance de la producción científica y tecnológica moderna. Quizás no para volver al mundo de la campesina, sino vislumbrando el peligro de que ese avance arrollador de la tecnología nos conduzca hacia u desarraigo total (…) Estaba viendo lo que para nosotros hoy es evidente: que todas nuestras relaciones son meramente técnicas, que perdimos el arraigo con la tierra y que nuestro mundo es un mundo completamente desarraigado. Quizás ahí radica la principal falla de este mundo dominado por la tecnología a la que supimos entregarnos como si fuese una panacea a la que es imposible resistirse, porque si uno se resiste a ella, o si guarda un reparo, parece que está proponiendo un regreso y se vuelve un reaccionario. H está señalando un peligro. Aunque parezca mentira, en el cuadro de VG, que lo pintaba cuando las chimeneas florecían y VG no podía funcionar en ese mundo industrial, H encuentra la falla de ese avance portentoso del mundo tecnocientífico”.



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