Alfonso Barbieri | Exagerado


Foto: Nora Lezano


Alfonso Barbieri es un artista que responde a coordenadas de otra época y lo mueven los gestos artísticos. Es músico y artista plástico, entre el romanticismo y la psicodelia. Cree en la obra y en la trascendencia de la obra. Cree que en este juego de hacer y producir discos, collages, dibujos, videos, libros o chalinas poco importa la persona: el sujeto pasa y la obra queda. Por eso no para. Por eso durante los cuatro años de macrismo editó tres discos y ahora -en pandemia- acaba de sacar Exagerado. No para y sangra. Y aunque se desgarre y tenga dificultad para amoldarse a los tiempos que corren no pierde su fino sentido del humor que aparece en cada conversación, en sus canciones y le ha generado más de un inconveniente. Pero no cesa en su persecución de un sueño: “El sueño de ayer con otra piel”, canta en Jugo de limón. En ese gesto recupera toda una pátina que la música actual a veces parece querer dejar atrás. La del artista que está dispuesto a darlo todo por amor o por una buena melodía. Y sin cinismo.


Esta charla está guiada por las canciones de Exagerado, disco integrado por nueve tracks que -otra vez- hacen caso omiso a las necesidades de escucha actuales. Hay canciones de tres, cuatro, cinco, casi seis y siete minutos y medio. Si querés escuchar, escuchá. Hay acrósticos (Si Olemos Flores Imaginamos Amor), declaraciones de amor, preguntas filosas como “¿Sirve todo el tiempo que no tirás una bomba?” (Cepillo de dientes), añoranzas del mundo industrial en Universo plateado (“El universo de plata, pero no industrial / movimiento amor / together love / que pide dale dale dale”) y un diálogo con la voz de Sofía Bergallo que con cada aparición ilumina (por ejemplo en Nada es por siempre, una versión de Nothing last for rever de The Kinks).



Dos menciones especiales: una, el comienzo instrumental llevado por los violines de Christine Brebes y coloreado sutilmente con armonías vocales made in sixties que se engalana con la irreconocible voz de Cecilia Roth recitando a Silvina Ocampo: “¿Por qué no te ultimé yo en otra vida? Haz brotar sangre al menos de mi herida / que estoy cansada de morir apenas”. La otra, Jugo de limón, uno de los puntos más altos en toda su discografía.

‘Mañana será otro día’, decía sin preguntar.

Las luces funcionan mal, pero sabía que soñaría con abrazar.

A quién amar.

Al trigo lo mueve el viento,

la luna vuelve loco al mar.

Despierta y se da cuenta que es otro día y todo sigue igual.

Jugo de limón.

Lava su cara, se mira y extraña

hablar de cosas, se olvida de otras.

Las calles son autopistas, a los trenes no los toman más,

la radio no sintoniza, pone un tema que sin querer es el sueño de ayer con otra piel.

Nadie le impide volver.

No quiere.

‘Mañana será otro día’, decía sin preguntar.

Los relojes funcionan mal, pero sabía que soñaría con abrazar.

¿A quién amar?

Una melodía hermosa y melancólica. El falsete le da una emoción que nos tiene a flor de piel. La coda es para escuchar una y mil veces. Alfonso es un romántico que describe y celebra calles vacías y trenes que no toma nadie. Su lugar (el del personaje de la canción) es la noche. Levantarse al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente, y mirarse al espejo y notar que todo sigue igual es duro. Tiene un sabor amargo estar vivo.


Alfonso sueña con otro mundo (ético y estético) del que se enamoró hace largo tiempo y lleva como bandera traducida a los tiempos que corren. Eso es el sueño de ayer. El mismo sueño que se adivina en los ojos del niño Barbieri que aparece en la tapa del disco - rodillas contra el pecho en la cima de una montaña- mirando un porvenir que -quién sabe- quizás no se parezca a este presente.


Aquí la charla para escuchar.


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